UNA FUERZA QUE RENUEVA
Queridos hermanos:
Jesús nunca quiso dejar sola a su Iglesia. Antes de subir al cielo prometió a sus discípulos que enviaría al Espíritu Santo para permanecer siempre con ellos. La fiesta de Pentecostés celebra precisamente el cumplimiento de esa promesa. El libro de los Hechos de los Apóstoles narra que, estando reunidos, los discípulos recibieron el Espíritu en medio de un fuerte viento y lenguas de fuego. Estos signos expresan la manera como el Espíritu actúa en la comunidad cristiana.
El Espíritu es “viento” porque impulsa a la Iglesia a salir de su comodidad y ponerse en camino. Antes de recibirlo, los discípulos permanecían encerrados y con miedo; después, se convirtieron en anunciadores valientes del Evangelio. El Espíritu los movió a llevar el mensaje de Jesús a todos los pueblos y también abrió el corazón de quienes los escuchaban.
El Espíritu es también “fuego”, es decir, fuerza y energía para la misión. Gracias a esa fuerza, los apóstoles pudieron extender el cristianismo por el mundo entero. Quien está lleno del Espíritu Santo recibe el valor para anunciar a Cristo con convicción y para acercarse a los demás con amor y esperanza.
El evangelio de hoy añade además que Jesús sopló sobre sus discípulos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”. Con ello les confió la misión de perdonar los pecados. Por eso, cada sacramento es una acción concreta del Espíritu en nuestra vida. Él perdona, fortalece, transforma y concede dones y capacidades para servir mejor a la Iglesia.
En esta solemnidad de Pentecostés celebremos que Jesús sigue presente entre nosotros por medio de su Espíritu. Pidámosle que renueve nuestro corazón, nos dé fuerza para evangelizar y transforme el mundo con su amor. Como dice el salmo: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”.
P. Tito Romero, cm.



















