EL DIOS COMPASIVO EN LA HISTORIA

La narración épica del Éxodo nos cuenta la lucha del Señor contra al faraón y el poder de Egipto, para manifestarse a Israel como su Dios, logrando así que los hebreos pudiesen salir libres, pero también desarrolla un relato clave donde experimentará este pueblo vivamente la salvación de Dios, cuando al pasar por seco en la cuenca del mar de los juncos ante la irrupción peligrosa de los carros de guerra del faraón, contemplaron la destrucción del ejército egipcio al arremeter el agua del mar contra ellos. Se inicia así la etapa del camino por el desierto hasta llegar al Sinaí, donde se sellaría la alianza entre Dios y su pueblo. Cuando acamparon a las faldas del monte Sinaí, Moisés sube para encontrarse con el Señor quien le revela que la alianza a sellarse se basa en la experiencia liberadora en la historia, que Israel siempre deberá recordar. Por tanto, no fueron sus fuerzas humanas las que lo condujeron a la libertad sino la mano poderosa de Dios (usa la metáfora de ser llevados por alas de águila). Este es el momento en que Dios le revela la alianza que piensa hacer con Israel y que Moisés les transmitirá. Lo que les toca a ellos es la obediencia y fidelidad a la misma, con lo cual queda sellada la elección por Israel consagrándolo como un reino de sacerdotes y una nación santa. Aunque se exija esto como una alianza bilateral, la iniciativa es de Dios mismo e Israel no debe olvidar esto jamás.

El salmo 99 es propiamente un himno de acción de gracias, a modo de canto procesional, pues en su segunda parte se invita a entrar al santuario de Dios para la alabanza respectiva. Se afirma el reconocimiento de la grandeza del Dios de Israel por parte del mundo entero, que eligió a este pueblo de entre todos, asumiendo pastorearlo como a un rebaño. Así, los que pueden llegar a su santuario, pueden alabarlo paseando por cada espacio del recinto sagrado, confirmando que el Señor es bueno y su amor y fidelidad es por siempre.

Pablo continúa presentando sus argumentos para convencer a los cristianos de Roma de apoyar su proyecto misionero. Dios ha determinado entrar en el tiempo oportuno en la historia de la humanidad para llevar a cabo su obra de salvación, justificando a los pecadores. En vistas de sustentar la motivación amorosa de Dios, presenta un ejemplo de comparación muy interesante: es posible que alguien pudiese morir por un hombre justo, ¿pero dar la vida por un pecador? Pues la prueba del amor de Dios es más que evidente, pues Cristo murió por nosotros, que somos pecadores. Siguiendo la interpretación expiatoria de la sangre, elemento cultual importante, vincula el sacrificio de Cristo en la cruz, con lo cual, se nos ofrece el perdón y la salvación del castigo que mereceríamos. Al ser reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, siendo pecadores, no hay duda de que Dios hace efectiva la salvación en nosotros, lo que es motivo de glorificación y alabanza.

El fragmento del evangelio que escucharemos en esta liturgia, nos introduce en un nuevo discurso de este evangelio llamado el discurso de la misión. La compasión de Jesús al ver a las multitudes como “ovejas sin pastor” le lleva a compartirles a sus discípulos la necesidad de obreros para el trabajo de la cosecha misionera. Obviamente, Jesús ve que hay una crisis de liderazgo dentro de la comunidad, pues quienes asuman la misión de acompañar a las comunidades debe intentar sintonizar con la compasión de su Maestro. Por eso, a continuación, se inserta el relato de la elección de los Doce, a quien les constituye con autoridad para continuar la obra de Jesús. Se consignan los nombres de los elegidos, que deberán cumplir su tarea en primer lugar a los judíos, las ovejas descarriadas de Israel, lo que destacaría el énfasis de la corriente judeocristiana en este evangelio. Deben continuar el ministerio diverso de Jesús, haciendo presente el reino de los cielos, sin pedir nada a cambio.

Nosotros ponemos nuestra confianza en el Señor porque nos han dado un testimonio de la acción salvadora de Dios en la historia. Esto nos lleva a estar atentos para abrir los ojos de la fe y descubrir su presencia, en medio de nuestra propia historia. Esto que es un acto de fe, nos lleva a pensar en la necesidad de echar una mano para que otros puedan leer el paso de Dios en su propia historia, y es posible que asumiendo en nosotros la “compasión” de Jesús, podamos ofrecer ese apoyo y continuar dando testimonio de la acción salvadora de Dios en el ser humano.

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