Hermanos:
En el evangelio de este domingo, Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios y les pide dirigirse primero a las “ovejas descarriadas de Israel” (Mt 10,6). Esta indicación no significa una exclusión de otros pueblos, pues el mismo Señor enviará después a sus discípulos a evangelizar a todas las naciones. Más bien, responde al modo pedagógico con que Dios realiza su obra de salvación.
Desde el Antiguo Testamento, Dios escogió al pueblo de Israel para que fuera un “reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,6). Su misión era vivir la alianza con fidelidad y convertirse en signo para todos los pueblos. La extensión de la fe comenzaba por la conversión y la santidad del propio pueblo de Dios.
Lo mismo sucede en la nueva alianza. Hoy, la Iglesia está llamada a anunciar el Reino al mundo entero, pero para cumplir esa misión debe dejarse transformar primero por el Evangelio. Antes de hablar de Dios a los demás, es necesario que Dios reine verdaderamente en nuestra propia vida.
Por eso Jesús se compadece de la multitud, porque la ve “como ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Esa necesidad no existe solo fuera de la Iglesia, sino también dentro de ella. Cuando Jesús afirma que “la mies es abundante y los obreros pocos” (Mt 9,37), nos recuerda que hacen falta discípulos auténticos, personas que hayan experimentado el amor y la misericordia de Dios y puedan transmitirlos a los demás.
En definitiva, la misión comienza por nuestra propia conversión. Solo quien se deja amar, sanar y transformar por Dios puede convertirse en instrumento suyo. Como dice el refrán: nadie da lo que no tiene. Dios quiere servirse de nosotros para llegar a los demás, pero nos necesita creyentes convencidos, generosos y comprometidos con el Evangelio.
P. Tito Romero, CM.



















