FIARSE DE DIOS, RETO PERMANENTEMENTE GRANDE PARA EL CREYENTE

Dime cómo va tu relación con Dios y te diré la calidad de cristiano que eres. ¿Cuántos de nosotros realmente nos fiamos de Dios? ¿Nos fiamos de Dios en las alegrías y tristezas o sólo en las alegrías? ¿Realmente se nota que soy una persona de fe? ¿Animo a otras personas a fiarse de Dios cada día o no?

¿Qué figura emplea Jeremías para identificar a las personas que no se fían de Dios y a las que sí? Miremos al mismo profeta: “Maldito quien pone su confianza en el hombre, y en él pone su fuerza…Será como un cardo en el desierto” (Jer.17,5-8). “Bendito quien confía en el Señor…Será como un árbol plantado junto al agua”. A veces podemos caer en la tentación del desgano, de la apatía, de la frialdad para las cosas de Dios, del no perseverar en la fe, y eso puede dar como resultado el que no me fíe de Dios; y quizás hasta se pudiera pensar: “Dios me ha fallado, para qué seguir confiando en él”. Es cierto que a veces puedes sentirte que las fuerzas no te dan, que ya no quieres saber de nada, y de Dios tampoco. Entonces la vida de fe se vuelve como un “cardo en el desierto”. Pero necesitamos el agua de la gracia permanente en nuestra vida, para que nuestra fe se mantenga firme (cf.Jn.14,1; Sal.23,4; Jn.15,5). Así seremos como aquel “árbol plantado junto al agua”. Necesitamos beber, de manera permanente, de la fuente de esperanza, que es Dios mismo que nos espera con los brazos abiertos.

Es que nuestra fe sí tiene sentido porque Cristo está vivo, ha muerto y ha resucitado por ti, por mí y por todos. Si no fuera así, San Pablo advierte: “la fe de ustedes no tiene sentido” (1Cor.15,12.16-20). Eso es lo que creemos, eso es lo que predicamos, eso es lo que enseñamos a otros. Nuestra fe está cimentada en Jesús que Salva.

¿Pones tu confianza siempre en el Señor o no?

El mundo de hoy pone su esperanza en el “espíritu del mundo”, y por eso se defrauda. Es como navegar con un barco sin brújula, sin norte. Buscamos felicidad donde no la hay, y por eso nos decepcionamos de la vida misma. Hoy Jesús, desde un monte (lugar de cercanía de Dios, lugar de las grandes decisiones de Dios, lugar de las grandes revelaciones de Dios), nos propone ser dichosos según el Espíritu de Dios (Lc.6,17.20-26). ¿Quiénes pueden ser dichosos?: los pobres (los que ponen su confianza en Dios); los que tienen hambre (por la justicia, por un mundo más fraterno, más justo); los que lloran (con la esperanza de ser siempre consolados para gozar de alegría); los que son perseguidos, señalados y odiados por ser fieles a Dios y a la Iglesia (su recompensa será el cielo).

Esto puede sonar a paradoja, pero no es así. El mundo ofrece lo contrario a lo que Dios sí ofrece. Entonces podremos preguntarnos, para reflexionar por enésima vez: ¿realmente estoy poniendo mi esperanza o confianza en Dios o no? ¿De qué lado estoy?

Jesús advierte seriamente, hoy en el evangelio (con la famosa frase “ay”), del peligro de fiarse del mundo. El que quiere seguir a Jesús, habrá que recordar, que su camino será: la cruz, el cuestionamiento, el que puedan o quieran silenciar la voz de Dios en ti, el rechazo, la persecución, quizás la muerte (como pasa en algunos lugares del mundo), el dejarte solo, etc; pero la esperanza y el consuelo permanente debe ser que no estás solo, que Cristo ya ha vencido al mundo, que la recompensa de fiarse de Dios y de seguirle será el cielo, el nombre del creyente y del discípulo está escrito ahí (Mt.28,20; Josué 1,7-9; Jn.16,33; 14,1; Lc.10,20).

Fiarse de Dios, es para el creyente y para el discípulo, un reto permanentemente grande.

 

Con mi bendición.

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