¿LIBRE SIN DIOS O LIBRE GRACIAS A DIOS?
Hermanos:
En una clase sobre la libertad, un alumno me hizo una pregunta muy interesante: “¿Cómo puede ser libre alguien que hace la voluntad de otro?”. Esta inquietud nos ayuda a comprender mejor el evangelio de hoy.
Si entendemos la libertad como hacer lo que uno quiere sin límites, parecería que obedecer es lo contrario de ser libre. Pero, en realidad, la libertad es la capacidad de elegir. Y precisamente por eso, una persona puede decidir obedecer y seguir siendo libre. Cuando alguien, por propia voluntad, opta por seguir un camino o cumplir una norma, está ejerciendo su libertad. Así lo vemos en Jesucristo, quien afirmó que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Jesús eligió obedecer, y en esa obediencia fue plenamente libre y feliz.
Ahora bien, ¿qué lleva a una persona a someterse libremente a la voluntad de otro? No puede ser cualquier motivo. Solo el amor hace posible que la obediencia no sea una imposición, sino una expresión libre y gozosa. Cuando amamos de verdad, queremos hacer la voluntad del otro, no por obligación, sino por amor.
Por eso, Jesús dice en el evangelio: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. Los mandamientos no son una carga, sino el camino que Dios nos propone para ser felices. Quien ama a Dios busca vivir según su voluntad, y en ello encuentra plenitud. Las primeras comunidades cristianas nos dan ejemplo de esto. Los apóstoles anunciaban el evangelio con alegría, incluso en medio de dificultades y persecuciones. No obedecían de mala gana, sino con gozo, porque amaban a Dios.
Hermanos, la verdadera libertad no consiste en vivir sin Dios, sino en elegirlo y vivir según su voluntad. Quien ama, obedece; y quien obedece por amor, es verdaderamente libre y feliz.
P. Tito Romero, cm.


















