EL CAMINO A CASA
Queridos hermanos:
Permítanme comenzar con una breve experiencia personal. Hace algunos años, fui enviado a visitar a un enfermo en un barrio que no conocía. Solo tenía una dirección y algunas indicaciones. Me perdí. Nadie supo orientarme bien y, mientras anochecía, crecían en mí el miedo y la frustración. Hasta que apareció un hombre que, al ver mi desconcierto, me dijo: “Vamos, yo lo llevo”. Dudé y le pregunté si conocía el camino. Me respondió: “Sí, es mi casa”.
Nadie conoce mejor el camino a casa que el dueño de la casa. Esta sencilla experiencia nos ayuda a comprender el evangelio de hoy (Jn 14,1-12). Jesús habla de la “casa de su Padre”, imagen del cielo: no un lugar físico, sino la plena comunión con Dios. Allí está nuestra verdadera meta: vivir en Dios, participar de su amor y de una felicidad plena y eterna. Y lo más hermoso es que ese destino es para todos. Jesús mismo nos asegura que va a prepararnos un lugar y que quiere que estemos donde Él está. Hemos sido creados para esa comunión con Dios; esa es nuestra verdadera casa.
Sin embargo, no siempre es fácil llegar. A lo largo de la vida, como en la historia del pueblo de Israel, el ser humano se extravía con facilidad. El pecado nos desorienta, nos hace tomar caminos equivocados y nos aleja de nuestra meta. Por eso necesitamos a alguien que nos muestre el camino con certeza.
En el evangelio, Tomás expresa esta inquietud: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Y Jesús responde con claridad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”. Jesús no solo indica el camino: Él mismo es el camino. Seguirlo, vivir como Él, pensar como Él y asumir su proyecto es la única manera de llegar a la casa del Padre.
Queridos hermanos, no nos perdamos. No nos alejemos del verdadero camino. Acerquémonos cada día más a Jesús, para que nuestra vida alcance su plenitud. ¡Nos vemos en casa!
P. Tito Romero, cm.



















