TENEMOS HAMBRE DE TI, JESUS
Hubo, en una ciudad, un terremoto, y dejó como todas las veces destrucción, hambre, miseria, desesperación. Se había “perdido” una mamá con su hija pequeña. Todos creían que los escombros habrían matado a esa familia joven. Buscaban por todas partes, rescatistas, hombres y mujeres voluntarios, perros amaestrados, etc. pero no los encontraban. De pronto escuchaban gritos de la madre y de su hija, pero no identificaban de dónde venían esos gritos. La madre, mientras tanto limpiaba unos vidrios rotos que estaban por su lado. Veía que su niña se estaba muriendo. Pensó: “tengo que darle vida a mi hija para que esté bien, sé que puedo hacerlo”. Dios bendijo su corazón, y sobre todo los dedos de sus manos, ¿y saben por qué? Se cortó algunos dedos para darle de beber de su propia sangre. Cuando los rescatistas encontraron a esta familia joven, la madre estaba casi muerta y la niña radiante y con mucha vida. La madre entendió que era portadora de vida.
El pedido que hace Dios, y que bellamente lo recoge Isaías en la 1ra lectura (55,1-3) es: “Todos los que tengan sed, vengan. Escúchenme atentos y comerán bien”. Una vez más, nos invita a acercarnos para recibir lo que más necesitamos, confiar en él que todo lo puede y todo lo hace bien. Hay mucha sed de todo en este mundo (sed de justicia, de un trato más justo y más fraterno, sed de un perdón sincero, sed de la palabra de Dios); hay mucha hambre de todo en este mundo (hambre por la Palabra de Dios, hambre físico). Hay mucha sed y mucha hambre, es cierto. Pero podemos preguntarnos: ¿En qué gastamos más últimamente? ¿En qué pierdo más mi tempo? ¿En qué estoy invirtiendo más? ¿Quizás en vanagloria? ¿En cuidar mi imagen y en el qué dirá la gente acerca de mí? ¿En sobresalir para que otros aplaudan “mis obras”? ¿En vanidad y orgullo? ¿En estar mucho rato en internet y no escuchando a mi familia o al amigo o persona que me habla y necesita ser escuchado?
A pesar de todo esto, Dios nos sigue amando. ¿Te has puesto a pensar que Dios sigue fijándose en cada uno de nosotros? Podemos muchas veces habernos apartado de Jesús, pero él nunca se ha apartado de nosotros. Todos somos testigos de que mucha gente se aleja de Dios, de la Iglesia, de los mandamientos y sacramentos por todo lo malo que le pasa, pensando que ya nada tiene sentido. A todos ellos Dios les tiene este mensaje por medio de San Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado” (Rom.8,35.37-39). Así creamos que nada tiene sentido, Dios nunca nos abandona y su amor salvador tampoco. Él está en medio de nosotros, debemos desear estar con Él siempre.
La multiplicación de los panes y de los peces es la lectura de hoy domingo (Mt.14,13-21). Todos siguen a Jesús, muchos con distintas motivaciones y necesidades. Pero Dios siempre lee nuestra mente y nuestro corazón: “Tú me examinas y me conoces” (Salmo 139,1). A Jesús le conmueve, hasta las entrañas, el que sus hijos vivan sin él, sin paz, sin esperanza, sin algo en el estómago, etc. Dice el texto: “vio Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos”. Ese es el Dios en el que tú, yo y todos deberíamos creer más.
¿Qué pasa cuando Dios quiere manifestar su gloria y su poder?, el diablo tiembla. ¿Cuánta gente hay que se opone al actuar de Dios en la vida de los demás, en la historia de todos y en la misma naturaleza? Jesús no quiere ser indiferente, a pesar de que los discípulos quieran despedir a la gente, y a pesar de la misma desesperanza que encontró en ellos. Pero quiso darles también la responsabilidad de ser compasivos con los otros: “Denles ustedes de comer”. Ese es el pedido esperanzador de Jesús. Es un pedido que nos hace a todos. Dar de comer el pan de la esperanza a los que la han perdido, dar de comer el pan de la fraternidad a muchos que todavía no quieren vivir en paz y en reconciliación, dar de comer el pan de la Eucaristía porque Jesús mismo se regala para los demás, sin pedir nada a cambio, dar de comer el pan material desde programas de promoción humana y de asistencia cuando sea necesario, etc. la señora de la historia, le dio lo más valioso que tenía, su propia sangre. Le dio esperanza, le dio vida, le dio amor. Ella tuvo sed de ayudar sin condiciones al ser de sus entrañas.
Tarea que tenemos todos: pedirle a Jesús que nos dé su comida, que es su propia vida, su propia paz, su propia luz para trasmitirla a los demás. ¿Seré capaz de aceptar ese reto de amor y de fe?
Tenemos hambre de ti, Jesús.
Con mi bendición



















