Queridos hermanos:
Todos hemos experimentado momentos de crisis, situaciones en las que el dolor parece nublarlo todo, impidiéndonos pensar, ver soluciones o percibir el apoyo de quienes nos rodean. El sufrimiento actúa como un “antifaz” que nos hace sentir solos, incluso incapaces de reconocer que Dios está a nuestro lado.
Algo similar vivieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Ellos habían puesto su esperanza en Jesús, habían encontrado en Él sentido, alegría y una nueva forma de ver a Dios. Pero al verlo morir en la cruz, toda su esperanza se derrumbó. Desilusionados, decidieron regresar a su vida anterior, dando un paso atrás en medio de su crisis.
Es en ese contexto donde Jesús se les acerca y camina con ellos, aunque no lo reconocen. No lo hacen porque el dolor les impide verlo. Sin embargo, Él nunca los abandona: los acompaña, les habla y comparte su camino. Así sucede también con nosotros: en medio del sufrimiento, Dios está presente, aunque no lo sintamos. La sensación de abandono es muchas veces un efecto del dolor, no una realidad.
Ante las crisis, la respuesta no debe ser alejarnos de Dios, sino acercarnos más a Él. El Evangelio nos muestra tres caminos concretos para reencontrarlo. Primero, la escucha de la Palabra: Jesús les explica las Escrituras y así comienza a iluminar su tristeza. Segundo, la Eucaristía: al partir el pan, sus ojos se abren y lo reconocen. Y tercero, la caridad: al recuperar la esperanza, regresan a Jerusalén para compartir su alegría con los demás.
La oración, los sacramentos y la caridad nos ayudan a quitar el “antifaz” del dolor y a recuperar el sentido de la vida. La clave está en no quedarnos en la tristeza ni retroceder, sino dejarnos acompañar por Dios y seguir adelante con esperanza.
P. Tito Romero, CM.


















