EL CORAZÓN ANTES QUE LA CABEZA

Queridos hermanos:

Pocas figuras del Evangelio son tan humanas como Pedro. Impulsivo, apasionado, frágil y generoso, pasa con facilidad del entusiasmo al miedo, de las grandes confesiones a los grandes errores. Quizá por eso resulta tan cercano a nosotros.

Cuando Jesús lo llamó, Pedro ya tenía una vida estable: era pescador, tenía familia y un trabajo asegurado. Sin embargo, dejó inmediatamente sus redes y lo siguió (cf. Mt 4,18-20). No calculó demasiado las consecuencias; simplemente se dejó conquistar por Jesús. Así era Pedro: más hombre de corazón que de razonamientos. Esa manera de ser lo llevó a cometer errores, pero también a realizar los actos de fe más valientes.

Después de convivir largo tiempo con Jesús, llegó el momento en que el Maestro preguntó a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16,15). Mientras los demás repitieron las opiniones de la gente, Pedro dio una respuesta nacida de su experiencia personal: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16). Jesús le respondió que esa certeza no provenía de la inteligencia humana, sino de una revelación del Padre (cf. Mt 16,17). Pedro comprendió quién era Jesús porque antes había aprendido a caminar con Él. La fe no nace únicamente del estudio; nace, sobre todo, del encuentro personal con Cristo.

Es verdad que Pedro también se equivocó. Poco después intentó apartar a Jesús del camino de la cruz porque no podía aceptar que su Maestro tuviera que sufrir. Amaba sinceramente a Jesús, pero todavía no comprendía plenamente el plan de Dios. Su corazón iba más rápido que su entendimiento.

Y, sin embargo, fue precisamente a él a quien Jesús confió el cuidado de la Iglesia: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). No eligió a un hombre perfecto, sino a alguien que sabía amar profundamente y que estaba dispuesto a dejarse transformar por el Señor.

También nosotros tenemos limitaciones y contradicciones. Como Pedro, muchas veces acertamos y otras nos equivocamos. Pero el Señor no busca personas impecables; busca corazones dispuestos a confiar en Él y a seguir creciendo en el amor. Quien camina humildemente con Cristo terminará conociéndolo cada vez más y podrá anunciarlo con la misma convicción de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

P. Tito Romero, CM.

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