EL GRAN PASO

Tal como se ven las cosas hoy, pareciera que la muerte es la tragedia más grande que puede vivir el ser humano. Quien ha experimentado la muerte de cerca, sabe que suele traer dolor, sensación de vacío y de pérdida de sentido. Pero, ¿debe ser siempre así? Después de casi dos mil años de cristianismo, ¿no nos ayuda lo que Jesús y la Iglesia enseñan sobre la muerte para mirarla con más esperanza?

De hecho, el tiempo de Cuaresma nos invita a reflexionar sobre nuestras limitaciones, entre ellas la muerte, pero también a hacerlo con una mirada de fe. Por ejemplo, las lecturas bíblicas de este domingo recuerdan que la muerte no es el final de la existencia. En el libro de Ezequiel se anuncia que Dios abrirá las tumbas y hará salir de ellas a su pueblo; san Pablo afirma que el Espíritu que resucitó a Cristo dará también vida a nuestros cuerpos mortales; y en el evangelio, ante la muerte de Lázaro, Jesús habla de ella como de un sueño del que él puede despertar a su amigo. Con ello quiere enseñar a sus discípulos que la muerte no tiene la última palabra.

Es verdad que el dolor ante la muerte es natural. El mismo Jesús lloró por su amigo Lázaro. Sin embargo, ese dolor nace sobre todo de la separación física, no de la idea de que todo haya terminado. La fe cristiana enseña que la muerte no destruye a la persona, sino que marca una transformación: en ese momento se separan el cuerpo y el alma. El cuerpo, al ser materia, se desgasta y muere; pero el alma, que es espíritu, continúa viviendo. Por eso, cuando vemos el cuerpo de una persona fallecida, debemos recordar que lo que tenemos delante es solo su parte material, porque la persona sigue existiendo de un modo nuevo y trascendente. Creer esto requiere fe, pero es precisamente la fe en la palabra de Cristo la que sostiene esta esperanza.

¿Qué sucede entonces después de la muerte? El evangelio responde con una palabra clave: resurrección. Jesús afirma: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá”. La resurrección es la entrada a la vida plena con Dios, a una felicidad eterna que supera todo lo que podemos imaginar. Hacia esa vida se encamina la persona que muere confiando en Cristo.

Desde esta perspectiva, la muerte no es un vacío ni el final de todo, sino el gran paso hacia el encuentro definitivo con Dios. Si la meta de todo cristiano es vivir eternamente con Él, entonces la muerte, aunque dolorosa, también abre la puerta a esa esperanza. Por eso los santos podían desear con tanto ardor ese encuentro, como santa Teresa de Ávila cuando decía: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. Así, la fe cristiana nos invita a mirar la muerte no solo con tristeza, sino también con esperanza: como el gran paso hacia la vida plena junto a Dios.

P. Tito Romero, CM

Leave Comment