LA VIDA QUE VENCE A LA MUERTE

Llegamos al último domingo de cuaresma. Nos encontramos ante una gran paradoja: estamos llamados a la vida, sin embargo, se viene instaurando una peligrosa mal llamada “cultura de muerte”. Muchos hablan que se ha perdido el temor a la muerte, ante tanta maldad provocada por el hombre, pero de pronto, ante un embate de la naturaleza o una terrible pandemia, temblamos y no se nos ocurre otra cosa que echarle la culpa a Dios. La respuesta del ser humano ante todo lo que experimenta puede ser diversa, pero desde el marco de la fe podemos hacernos una pregunta bastante justificada: ¿por qué tenemos que esperar a que nos pase algo malo para recién reaccionar y cambiar?

Sabemos que en algún momento debemos enfrentar a la realidad de una muerte natural, algunas veces conscientemente y, otras tantas, llegará por sorpresa, pero inevitablemente llegará. Pero hay una muerte, desde la fe cristiana, que a nadie se le desea, y que surge como una posibilidad abierta y efectiva: la muerte eterna. Quienes creemos en la palabra de Jesús, el Hijo de Dios, que nos habló de la salvación y, por ende, también de la condenación, esta “segunda muerte”, como la llama el Apocalipsis, es la que deberíamos temer de verdad. Ahora bien, los que nos acogemos a la fe en Cristo, Señor de la vida, e intentamos a pesar de nuestras equivocaciones obrar rectamente con todos, no deberíamos temerla desde esta última perspectiva, porque confiamos en el amor infinito de Dios, el cual ha derrotado las cadenas de la muerte, de la muerte eterna.

La visión de Ezequiel, que se proclamará en la primera lectura, retrata la catástrofe sufrida por el reino de Judá en el s. V a.C. La mirada de los exiliados a la Jerusalén destruida, es una contemplación de desesperanza, de frustración, pues muchos de sus hermanos habían muerto y sus hogares habían sido destruidos. Dios le revela al profeta una visión extraordinaria: aquellos cautivos se encuentran como muertos enterrados en sepulcros profundos, a los que la voz de Dios los levantará, anunciándoles una nueva oportunidad para vivir al volver a su tierra. Es un cántico profético a una nueva alianza que Dios hace con su pueblo a pesar de sus infidelidades. La promesa del Espíritu de Dios que infunde una nueva vida queda confirmada por la palabra profética y será la vuelta del exilio la que la constate. Hoy escuchamos a muchos hermanos nuestros que lo han perdido todo y se aferran a continuar sobreponiéndose al dolor y a la angustia. No sucumben, a pesar de que están rodeados de destrucción y muerte. ¡Hay que proseguir!

El salmo 129, que se proclamará este domingo, es una súplica individual que refleja una experiencia profunda de arrepentimiento y a su vez de reconocimiento de la misericordia de Dios. Es, sin duda, un salmo penitencial que retrata el conflicto interior del ser humano arrepentido y que busca decididamente el abrazo del perdón de Dios.

Para Pablo, que escribe a los cristianos de Roma, en la segunda lectura que escucharemos, la salvación no es algo que solo se verá en el futuro, sino, más bien, es una realidad que el cristiano debe demostrar ya en el presente. La fuerza del Espíritu que ha recibido en el bautismo todo creyente, le hace apartarse de las obras de la carne (el sentido de esta última palabra es todo lo que se opone a Dios, no solo los pecados referidos a lo sexual, como muchos piensan) y esto le convierte en un renacido. Esa potencia del Espíritu concede al hombre no solo la vida natural sino también la sobrenatural. Por tanto, nos hallamos vinculados a Cristo en su muerte y en su resurrección. Así, la exhortación es clara: vivamos según el Espíritu y daremos testimonio de esa vida plena, que llegará al terminar nuestros días aquí en la tierra, pero que está ya latente en el presente de nuestra historia,

El evangelio de Juan nos presenta en esta narración la vuelta a la vida natural de Lázaro, amigo de Jesús que vivía junto a sus hermanas, y pasa a ser el último signo de este evangelio (algunos refieren que se encuentran 7 signos en este libro): la vida que vence a la muerte. Aunque, pareciera que todo girara a partir de la muerte del amigo de Jesús, la insistencia de la narración no está en fijar la atención propiamente en Lázaro, sino en quien concede la vida perdurable: Jesús. El tránsito de la enfermedad de Lázaro hasta su muerte abre un cuestionamiento propio: ¿por qué no lo ayudó cuando estaba enfermo? El desenlace de su muerte provoca más contrariedad. Todos se ven conmovidos por el que ha muerto: sus discípulos, la gente, sus hermanas Marta y María, incluso, los enemigos de Jesús; pero a todos Jesús les habla de su poder para dar vida, desde su respuesta a sus discípulos en el comienzo del relato hasta el final del mismo.

Obviamente, que el texto es un buen fundamento de la certeza de la vida eterna en Cristo Jesús, pero también el evangelio quiere refrendar que es preciso, irónicamente hablando, “estar vivos en esta vida”. No es una redundancia sin sentido lo que he expresado. Y aquí, enlazo con lo que he dicho al comienzo. Hay muchos que dicen que viven, pero en realidad están muertos, han perdido el sentido de vivir, y eso los llevará a esa puerta ancha que es la perdición eterna. Pero, Dios no quiere eso, y debemos estar seguros de ello. Dios no condena a nadie, sino que decidió vencer a la muerte con la entrega de la vida de su propio Hijo. El Señor invita a renunciar a la muerte y a su soberanía, porque no “quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Para esto ha venido Jesús, para dar vida y vida en abundancia: “Yo soy la resurrección y la vida, el que creen en mí, aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”.

Atiendan lo que está diciendo el Señor, la realidad de la muerte tiene que venir de todas formas por ser caducos en nuestra naturaleza humana, pero, el gran desafío se encuentra en demostrar que realmente estamos vivos para Dios en este ciclo natural de la vida. Por tanto, Jesús no solo habla del futuro promisorio que nos espera sino del presente, que exige estar vivos para los hermanos, vivos para el mundo. Estamos ya en el anticipo de entrar a la Semana Santa, y Cristo se ha revelado como la Vida Plena en este domingo. ¡Acógelo ya! ¡Deja las ataduras del pecado! ¡Sal fuera, y vive!

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