RELEYENDO AL JUSTO SUFRIENTE
Iniciamos la Semana Santa con esta celebración del Domingo de Ramos, el Domingo de la Pasión del Señor. La Liturgia quiere introducirnos ya al acontecimiento redentor del Hijo de Dios y para eso invita a la reflexión acerca del sacrificio, de la entrega total de Jesús.
El evangelio, propuesto para la memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén en este ciclo, está tomado del evangelio de Mateo. El eje central de esta primera sección que nos narra la llegada de Jesús a la Ciudad Santa, donde llevará a término su ministerio en la cruz, se centra sobre todo en el Templo, que no acoge debidamente a Jesús, el hijo de David. Se señala un contraste entre la alegría de la expectativa mesiánica y el rechazo a las autoridades religiosas judías; como también los signos de la acción salvadora de Dios en medio de su pueblo y la oposición de quienes no han podido dar el fruto esperado y cuestionan el origen de Jesús. Aunque trata de mantener la base de la narración del evangelio de Marcos, introduce en este episodio de la preparación para hacer esa entrada en Jerusalén, una cita de la Escritura, puesta a modo de cumplimiento, tomada de la profecía de Zacarías (Zac 9,9). Por eso, no solo se habla de un pollino, sino también de la asna atada y son ambos animales los llevados para que Jesús pueda montarlos, tratando de ser fiel al texto profético. De este modo, este rey, no se manifiesta con aires de grandeza, sino con absoluta humildad, pero la multitud no capta el verdadero mensaje de esta imagen profética, pues se quedan sólo en el júbilo de un posible Mesías, Hijo de David, más no logran identificarlo como el Hijo de Dios. Finalmente, el autor deja latente las incertidumbres entre los habitantes de Jerusalén, pues no reconocen quién es aquel que ha entrado de este modo a la Ciudad Santa, y de seguro la respuesta que les dieron tampoco les daría tanta claridad, pues este Jesús era de Nazaret de Galilea, la lejana región judía, criticada por los jerosolimitanos. ¿Qué autoridad podría tener un simple aldeano galileo?
Ahora bien, las lecturas de este Domingo de la Pasión, nos llevan a la contemplación del crucificado. La primera comunidad cristiana releyó a Isaías y encontró en los cánticos del “Siervo de Yahvé”, la prefiguración perfecta de la pasión del Señor Jesús. Aquel “Siervo de Yahvé”, que sufre la incomprensión y la desgracia, pero que se mantiene firme en su esperanza de saber que Dios lo reivindicará ante sus enemigos, se convierte en el fiel reflejo de aquel que ha sido constituido por Dios como el heredero, el exaltado, el juez, el Salvador, Cristo. La humildad del Siervo lo convierte en hombre fuerte; puede soportar las afrentas y las ofensas con su silencio que no traduce resignación, sino confianza segura en quien ha depositado su destino. El peligro de la muerte debería hacerle temer, doblegarse; pero sucede todo lo contrario, la última palabra no la tienen sus perseguidores, sino su Dios, quien pronto saldrá en su ayuda.
De la misma manera, Pablo apoyándose en una composición cristológica, entiende la venida del Hijo de Dios como una donación total para salvar a la humanidad. La vida de Jesús se ofrece totalmente por la salvación de los hombres, como un recipiente lleno de agua que se vierte íntegramente. Así, Pablo presenta a Jesús como el obediente a la voluntad de Dios, modelo para quienes estamos llamados a seguir sus pasos. “Tener los mismos sentimientos que Jesús”, implica asumir su entrega en nuestra propia vida, en nuestras propias decisiones, allí donde se confronta decididamente nuestra fe y se pone a prueba nuestra esperanza.
La Pasión según san Mateo toma matices mucho menos dramáticos que la versión del evangelio de Marcos, quizá intentando buscar razones a cosas que no estaban tan claras, como la motivación económica de Judas a cambio de entregarles al Maestro o la aclaración de que la sangre de la alianza que será derramada tenía como finalidad el perdón de los pecados. Es posible que este autor haya conocido el destino fatal de Judas, y en torno a ello haya crecido algún relato complementario que, el evangelista, no dudó en añadir a su narración. Este autor trata de apelar a la Escritura para sustentar que el desenlace fatal de la vida de Jesús estaba anunciado por ella, como la traición de Judas, vista en el amigo que come a la mesa y lo termina por traicionar que está en el salmo 41,10. Otro elemento interesante es que, cuando se pasa de la acusación del sumo sacerdote y el sanedrín a ser presentado ante el prefecto romano Pilato, éste último se pone al margen de dictaminar la decisión final contra Jesús con el gesto de lavarse las manos (cf. Sal 26,6; 73,13), introduciéndose a su vez, las palabras del gentío, quienes terminan asumiendo la responsabilidad con sus hijos de la crucifixión de Jesús (cf. Dt 21,6-8). Esta posible postura anti-judía, revelaría la crisis que sufrió el judeocristianismo ante el judaísmo fariseo rabínico de finales del s. I d.C., más que afirmar que haya realmente sucedido.
El momento más llamativo de la crucifixión es el abierto desafío de quienes condicionan creer en Jesús, si es capaz de bajar de la cruz. Tratan de desacreditarlo con sus propias palabras, cuando, según ellos, habló contra el Templo o cuando se le reconocía como un hombre capaz de hacer milagros y no podía hacer nada ante el suplicio que estaba soportando. Haciendo eco del Justo sufriente de la tradición sapiencial, aquellos transeúntes completan este desafío negando de por sí que realmente este Jesús fuera el Hijo de Dios. Este evangelista no se detiene en el espectáculo desgarrador de contemplar más tiempo a Jesús colgado en la cruz, y en medio de dos fuertes gritos, cuenta cómo exhaló el espíritu. El único signo ante la muerte de Jesús que mantiene de la versión de Marcos es la rasgadura del velo del templo (Mt 27,51a; Mc 15,38), y, más bien, añade de su propio material otros, con mucho valor escatológico, como el temblor y las rajaduras de las piedras, la apertura de sepulcros y la reviviscencia de muertos que entraron en Jerusalén y se aparecieron a muchos (Mt 27,51b-52; cf. Ez 37,12; Is 26,19; Dn 12,2). La presencia del centurión romano está tomada de la versión marcana (Mc 15,39), pero lo matiza convenientemente, pues no habla de que miró cómo había muerto, sino al ver el terremoto y lo que sucedía, junto a su tropa asustada, terminó por exclamar, de modo un poco diferente al evangelio de Marcos: “verdaderamente, era Hijo de Dios”. Finalmente, se advierte de la iniciativa de José de Arimatea, para solicitar el cuerpo de Jesús, describiéndolo como un “hombre rico y discípulo suyo”, a quien se le concedió recogerlo, disponiendo su entierro en un “sepulcro nuevo”. Ante las insidias de las autoridades religiosas, que luego devinieron en posibles interpretaciones a la predicación apostólica de la resurrección de Jesús, se inserta el pedido de tales autoridades para que se pusiera una guardia romana que custodiase el sepulcro de Jesús.
Notamos que, de fondo, este relato de la Pasión, insiste en una relectura del Justo sufriente, enfocado en la poca capacidad del pueblo de Israel a descubrir en aquel rostro lacerado la manifestación salvadora de Dios. ¡Cómo costó entender que no se tenía que llegar a tanto sufrimiento, cuando de por medio, había de darse un discernimiento más profundo del designio salvador de Dios en Jesús! Pero había mucho en contra de esa aceptación, prejuicios, soberbia, conformismo. Ahora nos toca a nosotros como Iglesia evaluarnos, pues, aunque aceptemos que la única mediación de salvación es Jesús, Dios sigue manifestándose en nuestra historia y hay que tener bien abiertos los ojos de la fe, para ver el paso salvador de Dios y no equivocarnos, como intenta advertir esta narración de la pasión según san Mateo.



















