EL POZO QUE NO SACIA Y LA FUENTE QUE TRANSFORMA

¿Quién no ha sentido sed alguna vez? No hablo solo de una ligera incomodidad, sino de esa sed intensa que parece quitarnos las fuerzas. Dicen que la sed puede ser más angustiante que el hambre, porque el cuerpo reclama con urgencia el agua que necesita. Supongo que todos hemos pasado por esa experiencia. Coincidirán conmigo en que es una situación angustiante. Sin embargo, existe una sed más profunda y dolorosa: la sed de felicidad, de sentido, de trascendencia, de Dios. Es la verdadera sed del corazón humano.

Hoy muchas personas buscan desesperadamente algo que dé plenitud a su vida, pero el mundo, cada vez más alejado de Dios y de los valores espirituales, no logra ofrecer respuestas duraderas. Las promesas de felicidad inmediata se agotan pronto y dejan un vacío mayor. En medio de esta realidad, el Evangelio del tercer domingo de Cuaresma nos presenta una fuente capaz de saciar la sed más honda del ser humano.

El relato de san Juan nos habla del encuentro entre Jesús y la samaritana junto al pozo (cf. Jn 4,5-7). Ella acudía cada día a buscar agua, pero en realidad cargaba una sed más profunda. Su historia —marcada por relaciones fallidas y búsquedas equivocadas— refleja el intento humano de encontrar felicidad en caminos que no conducen a la plenitud. Como ella, muchas personas buscan llenar su vacío en lo material, en el placer o en relaciones inestables, solo para descubrir que la sed continúa.

Jesús, con delicadeza, la conduce a mirar más allá del agua del pozo: “El que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás” (Jn 4,14). No se trata de un agua material, sino de un don que brota para vida eterna. Poco a poco, la mujer comprende que aquel hombre le ofrece algo distinto: no una solución pasajera, sino una vida nueva. Cuando finalmente Jesús se revela como el Mesías, su sed encuentra respuesta. Esta mujer fue al pozo por agua, pero regresó a su casa transformada.

También nosotros experimentamos esa sed. Las satisfacciones momentáneas se evaporan pronto y nos obligan a buscar más. Eso demuestra que nuestra necesidad es más profunda. El Evangelio nos recuerda que solo en Jesús podemos encontrar la felicidad verdadera. Como a la samaritana, esta Cuaresma podría ser para nosotros el camino polvoriento hacia el pozo. Un camino donde sentimos el peso de nuestra sed, donde reconocemos nuestros vacíos y cansancios. Pero no pensemos que caminamos hacia un pozo cualquiera. Caminamos hacia un encuentro. Allí nos espera Cristo, paciente, sentado junto a nuestras heridas, para regalarnos el agua que brota para vida eterna.

Que no tengamos miedo de acercarnos. Que no nos conformemos con el agua que se acaba. Que dejemos el cántaro viejo de nuestras falsas seguridades y volvamos a casa con el corazón rebosante.

P. Tito Romero, CM.

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