BUSCANDO VERDADEROS ADORADORES

 Continuamos avanzando por el duro camino del desierto cuaresmal, pero no nos desalentamos porque vamos con el Señor de la mano. Hoy nos sale al paso esta pregunta: ¿eres un verdadero adorador del Dios de Jesucristo? Muchas veces los criterios que aplicamos a un creyente varían, desde quienes vemos que asiduamente acuden a misa, pasando por los que van diariamente a la Capilla del Santísimo, o quienes se hallan comprometidos en la labor pastoral parroquial. ¿Es suficiente ser un “cumplidor de lo mandado por la Iglesia” para definir que uno es creyente? ¿Qué significa verdaderamente ser un adorador de Dios?

Hoy, el evangelio nos remite a aquella mujer samaritana que nos presenta el evangelio de Juan (capítulo 4), que en la narración se halla inquieta ante el pedido por agua de aquel judío, Jesús, sentado en el pozo de la tierra de Jacob. De una pregunta inocente, Jesús va llegando al tema de fondo, donde termina de confrontar a la samaritana acerca de su manera de entender la adoración a Dios. Su sed de búsqueda no le permite entender cuál es el agua que le trae Jesús. Será, solo cuando le empiece a revelar su propia historia, que caerá en la cuenta, ante quien estaba realmente. Sabemos que el autor del cuarto evangelio presenta personificaciones más que personajes, y es muy plausible pensar que aquella mujer estaba representando al pequeño pueblo samaritano.

Ya en tiempos de Jesús, era una población bastante diezmada por las insidias de los judíos que llevaron a que, muchas veces, fueran reprimidos duramente por los romanos. Si vamos más hacia atrás, la invasión asiria en el siglo VIII a.C. trajo consigo la destrucción de Samaría y el fin del reino del Norte. La élite fue exiliada y, los pocos que quedaron, fueron obligados a convivir, siguiendo la narración del autor deuteronomista, por cinco pueblos paganos, dando origen así al pueblo samaritano (una acertada interpretación hace ver que los “cinco maridos” que alude Jesús que la samaritana tuvo, podría referirse a estos cinco pueblos del origen del pueblo samaritano, aunque otros hablan que se habría referido más bien a los cinco libro del Pentateuco que ellos redactarían para sí, el llamado “Pentateuco samaritano”). Este hecho, provocó que, al regreso del exilio de Babilonia, los judíos no aceptasen a los samaritanos en la reconstrucción del Templo de Jerusalén, apartándolos de la herencia salvífica para el pueblo elegido. Esto obligó a que los samaritanos se reorganizasen en su vida religiosa, y construyeron un Templo en el monte Garizim, y definieron sus Escrituras en la redacción de su propio Pentateuco. En la época de la dinastía judía asmonea, en una incursión judía, destruyeron el Templo de Garizim, haciendo que los samaritanos continuasen con su culto sobre las ruinas de este templo.

Ahora bien, volviendo a la narración del evangelio, la mujer samaritana, que deseaba ardientemente hallar el agua viva para no volver a regresar a aquel pozo, fue dándose cuenta que, en realidad, ya no importaba el lugar donde adorar a Dios, ni siquiera la condición misma de pertenecer a la herencia del pueblo elegido, pues solo bastaba con creer en Jesús. Por eso, la principal confesión de fe de este pasaje es justamente el reconocimiento de que Jesús es el “salvador del mundo”, no solo de un pueblo (Jn 4,42). Se ha desafiado así, los límites de un exclusivismo particular y se ha fortalecido la realidad de la salvación universal, así de este modo, se ha presentado un nuevo desposorio entre Dios y la humanidad (imagen del pozo como lugar de cortejo en la Escritura: Gn 24,11ss; Ex 2,16ss).

Por tanto, debemos cuidarnos de aparentar ser religioso, el ideal es demostrar con nuestros actos que creemos en un Dios que ofrece su salvación a todos. Allí tienen el ejemplo que nos narra el libro del Éxodo, en la primera lectura, del mismo Israel, que vio los signos portentosos en Egipto, que contempló la derrota del faraón, la salvación de las aguas caudalosas del Mar Rojo por la acción poderosa del Señor y terminó por sucumbir ante la tentación de la desconfianza en pleno camino hacia la tierra de promisión. ¿Acaso el Dios que los liberó los habría dejado morir de sed por el camino del desierto luego de todo lo obrado en favor de él? Y así como las de Israel, tantas murmuraciones se han levantado desde la tierra contra Dios, y tantas otras veces, Dios ha bajado para hacer brotar de la roca agua; hacer de lo imposible una oportunidad, una esperanza.

Por eso, el salmista recuerda en este Salmo 94 aquella mala experiencia también, pero para convertirla en una alabanza al Dios que nunca abandona y ante quien debemos postrarnos por ser ovejas de su rebaño, siempre protegidas y atendidas.

Pablo, continua su exhortación a los cristianos de Roma y confiesa la acción justificadora del Dios de Jesucristo. Él ha enviado al mundo a su Hijo para ofrecer el rescate por quien se piensa que no valía nada, el hombre pecador. Pablo argumenta a favor de la misericordia de Dios: “pudiera haber alguien que ofrecería su vida por alguien justo, ¿pero por un malvado, por un pecador?” Pues, Dios no puede contradecirse. Esto es lo que realmente conmueve el corazón del soberbio quien termina doblegándose ante el amor de Dios.

Quien ha recibido el Espíritu, así peque, así murmure, así se queje, tendrá siempre la oportunidad de recapacitar, porque la esperanza en Dios no defrauda. Este es el verdadero adorador, este es que adora a Dios en espíritu y en verdad. Si esto te lleva a vivir la eucaristía, a orar a Dios insistentemente, a hacer todo lo bueno que puedas, te habrás convertido en uno de los auténticos adoradores. ¡Vamos, ponte en camino, es tiempo de entrar en la presencia de Dios!

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