En el evangelio de San Juan del día de hoy se le designa al Señor como “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Es un título pascual y con ello el evangelista nos quiere comunicar el sentido y la vida de Jesús en la instauración del Reino de Dios: inaugurar la Pascua nueva. La pascua de Jesús, que comienza ya en sus inicios con la predicación del mensaje salvador es el intento de liberación radical de la esclavitud del pecado en el que estamos sumergidos las personas por nuestras debilidades en imperfecciones. Jesús desea que paseamos, en expresión del evangelista San Juan, de las tinieblas a la luz. El pecado está presente hoy en todos nosotros, pecado estructural y personal. El pecado no es solamente caer en situaciones de rutina que repercuten escasamente en nosotros mismos y en los demás.
Pecar es renunciar a ser humanos; es matar la esperanza, es dar muerte a la vida, a la paz, al amor… Es sustituir a Dios por otros ídolos que nos presenta la sociedad de consumo y que ofrece prioridad al tener por encima del ser sin importar los medios para conseguirlo. El pecado es una realidad destacada en nuestro mundo, como lo es también situaciones y actitudes contrapuestas de tantas personas que viven desde la donación, el servicio, la ayuda especialmente a los más necesitados. Ellas nos dan ejemplo y testimonio del aserto del evangelista San Juan cuando afirma de Jesús que es la fuerza d de su espíritu y la propia colaboración humana, fundamentada en la bondad, lo que nos impulsa a vivir en ese estado de gracia, de renovación y de santidad para que venza el bien sobre el mal.
Por la mirada que nos presenta el evangelio en el día de hoy y por la realidad presente donde vemos situaciones de ruptura con Dios, pareciera que hablar con la palabra “pecado” está un tanto desfasado en ciertas corrientes sociológicas, es urgente mantener la confianza y la esperanza en el Señor que viene a “quitar el pecado del mundo”. La iglesia nos ofrece, por la infusión divina del Espíritu Santo, un campo de acción donde podamos revertir la situación del pecado por testimonio de vida en favor de los necesitados, en obras de caridad en sensibilizarnos y estar disponibles ante tantas oportunidades que, si quiera aportando nuestro pequeño granito de arena, mejoren nuestras relaciones interpersonales y nos acerquen cada vez más al Proyecto de Dios en la tierra.
Como testigos, hemos de mostrar en nuestra existencia de bautizados y de creyentes que Jesús ha vencido el pecado en nuestra vida porque Él nos hace hijos de Dios y que, aun con nuestras imperfecciones, tratamos de vivir los valores evangélicos del amor, de la justicia humana, de la solidaridad especialmente entre los pobres y que alentados por la gracia y el ejemplo de Jesucristo mantenemos la esperanza en un futuro cada vez más cercanos a los planteamientos del Evangelio.



















