PROYECTO PERSONAL, PROYECTO DE DIOS

 Seguimos en el camino cuaresmal con empeño y dedicación. Un dato que no siempre percibimos en el comienzo de la historia de Abram – así es llamado hasta que, más adelante, se le cambiará de nombre, por el de Abraham (Gn 17,5) – es que, según el dato bíblico, éste ya había partido de su lejana Ur de los Caldeos para abrirse a un nuevo horizonte en la tierra de Canaán (Gn 11,31), antes del relato vocacional, que hallamos en el capítulo 12 del Génesis. Así, es justamente en el transcurso de aquel decidido viaje, que Dios se le manifiesta presentándose como su verdadero horizonte al que ha de seguir, para lo cual debe darle otra motivación a su itinerario (Gn 12). Las cosas no se veían nada alentadoras para Abram, pues había renunciado a realizarse en su tierra y al lado de su parentela, vivía, además, con la vergüenza de no poder tener descendencia, pues, su esposa Sara no podía tener hijos y traía consigo a su sobrino que había perdido a su padre. Todas las desgracias habían llegado sobre él y, en medio de este triste panorama, recibe una revelación poco creíble desde los parámetros humanos: “ser bendito para todas las naciones del mundo”. Todos sabemos que en este ciclo de Abram se le reconoció su plena confianza en Dios y en sus promesas, pero esto no le fue nada fácil, pues, podemos constatar a través de los relatos que conforman su ciclo, que buscó hacer coincidir sus deseos humanos con el proyecto de Dios, hasta que al final aprendió a subyugarse ante la infinita providencia de este Dios que le salió al paso, no solo aquí, sino en numerosas ocasiones.

El salmo 32, que se proclamará en este domingo, es un salmo de alabanza con tonos de reflexión sapiencial. En él, se reconoce la grandeza de la Palabra del Señor que, no solo está consignada en su Ley, sino en la propia creación que habla por ella. De allí que, se pueda afirmar decididamente que, aquel que ha puesto su confianza en ella, no se sentirá jamás defraudado.

Hoy leeremos también un fragmento de la segunda carta a Timoteo, una carta perteneciente a la tradición paulina, posiblemente a fines del s. I o comienzos del s. II d.C., donde un autor, deseando mantener viva la memoria de Pablo, quiso exhortar a los futuros pastores de las comunidades paulinas, acerca de la responsabilidad de los trabajos apostólicos, en los cuales la fuerza de Dios se hace presente. Por eso, esta segunda carta, adquiere un matiz de “testamento de Pablo”, por lo que sus discípulos apelan a la figura rutilante del apóstol de los gentiles para las futuras generaciones. En el compromiso de llevar adelante la evangelización, está la confirmación de que Dios quiere salvar a todos, por lo que la respuesta del creyente debe ser siempre de gratitud y perseverancia hacia el Señor. Urge pues que los pastores comprendan la gran misión de acompañar al pueblo de Dios, pues de esto serán juzgados.

Uno de los pasajes de la vida de Jesús en los evangelios, que recoge el carácter de revelación sobre su identidad, es la transfiguración, y que, en este segundo domingo de cuaresma, solemos escuchar. El autor del primer evangelio no se detiene en tantos detalles, como sí lo hace el autor del evangelio de Marcos, pues busca, sobre todo, resaltar a través del lenguaje simbólico del Antiguo Testamento (montaña alta, resplandor como el sol), que es Dios quien presenta a su Hijo predilecto. Así, el autor del evangelio de Mateo destaca a aquellos tres discípulos que experimentan por un momento la luminosidad de lo trascendente en medio de un camino que les estaba conduciendo a una realidad no tan agradable, la cruz. Por ello, esta visión cobrará sentido, cuando Jesús resucite de entre los muertos. Este episodio representa un pequeño suspiro para quienes tienen todavía un camino difícil que seguir al lado de su Maestro hacia la cruz.

La cuaresma es un tiempo para disponernos a caminar hacia algo extraordinario, pero para poder alcanzar este objetivo hay que peregrinar por el desierto, experimentar la realidad de estar en absoluta dependencia de la providencia divina, y solo así, tener la seguridad de que no será un camino en vano. La experiencia de la salvación no solo se debe ver desde un triunfalismo mundano, una suerte de mérito que exija a Dios que nos “deba” salvar. No nos es ajena la sabiduría popular que nos certifica que, para alcanzar los grandes objetivos de la vida, es preciso soportar con paciencia y fortaleza las exigencias y los obstáculos que se presenten. Tú puedes presentar tu proyecto a Dios, pero, ten por seguro, que él hará posible que su proyecto se haga realidad en el tuyo, porque desea lo mejor para ti; y si tú te sabes encaminar, tendrás el apoyo firme de su providencia, pero si no lo estás llevando bien, saldrá a tu encuentro y te reorientará por el amor que te tiene. Por eso, podemos unirnos hoy al salmista y proclamar con confianza: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti”.

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