¡VÁMONOS DE FIESTA!

Queridos hermanos:

La Biblia utiliza con frecuencia imágenes y comparaciones para ayudarnos a comprender realidades profundas que serían difíciles de explicar de otra manera. Por ejemplo, el domingo pasado, tanto el profeta Isaías como Jesús utilizaron la imagen de la viña para recordarnos que Dios espera de su pueblo frutos de fidelidad, justicia y buenas obras. Este domingo aparece otra imagen muy hermosa: el banquete de bodas.

En los textos bíblicos encontramos muchas veces banquetes, fiestas y bodas como imágenes de la vida junto a Dios. Así ocurre en la primera lectura de este domingo. Isaías describe un monte en el que el Señor preparará para todos los pueblos “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera” (Is 25,6). Y enseguida explica qué significa esta imagen: allí Dios “aniquilará la muerte para siempre” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25,8). Es evidente, pues, que el festín del que se nos habla es una imagen del cielo.

No es casual que la Biblia utilice la imagen de un banquete para hablarnos del cielo. Todos hemos experimentado la alegría de una fiesta: encontramos personas queridas, compartimos la mesa, conversamos, reímos y disfrutamos. Son experiencias de alegría, comunión y plenitud. Evidentemente, la Biblia no pretende decirnos que en el cielo encontraremos literalmente grandes mesas llenas de vinos y manjares. Nos está diciendo algo mucho más profundo: estaremos con Dios, y Dios será capaz de saciar plenamente nuestro corazón. Ya no habrá muerte, lágrimas ni sufrimiento. Solo quedará la plenitud, y será una plenitud eterna.

Jesús utiliza esta misma imagen en el Evangelio: “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo”. Pero la parábola contiene un detalle sorprendente: los invitados no quieren asistir. Uno se marcha a sus tierras; otro, a sus negocios. No rechazan la invitación necesariamente por algo malo, sino porque tienen otras cosas que consideran más importantes. Sus ocupaciones, intereses y proyectos terminan ocupando el lugar que correspondía a la invitación del rey. Quizá allí se encuentre también una advertencia para nosotros. Todos estamos invitados al banquete de Dios, pero podemos vivir tan ocupados con nuestros asuntos que terminemos olvidando para qué vivimos. El trabajo, los proyectos, las preocupaciones y los bienes son importantes, pero ninguno de ellos puede ocupar el lugar de Dios.

Hermanos, nuestra patria definitiva es el cielo, la casa de Dios. Estamos en este mundo de paso y caminamos hacia aquella fiesta que el Señor ha preparado para nosotros. Pero al cielo hay que desearlo, buscarlo y comenzar a vivirlo desde ahora. Quien desea algún día participar del banquete de Dios debe aprender, ya desde esta tierra, a hacerle un lugar al Rey que lo invita.

 

P- Tito Romero, C.M.

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