LA MEDIDA DEL PERDÓN ES UN PERDÓN SIN MEDIDA
Queridos hermanos:
Si la semana pasada veíamos que las dificultades de la vida comunitaria pueden afrontarse mediante la corrección fraterna (cf. Mt 18,15-17), este domingo Jesús nos propone una solución todavía más radical y difícil: el perdón.
En toda comunidad existen problemas y heridas. La corrección fraterna puede ayudar a quien ha obrado mal a reconocer su error y evitar que vuelva a cometerlo; pero, cuando el daño ya está hecho, queda todavía la herida de quien lo ha sufrido. Hace falta entonces otro remedio. Solo el perdón puede sanar a la persona herida y reconstruir la comunión que el pecado ha roto.
El evangelio de este domingo nos transmite enseñanzas muy profundas sobre el perdón. Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar a quien lo ofende. Jesús responde: “setenta veces siete” (Mt 18,22). Sabemos que el número siete expresa en la Biblia totalidad y perfección. Por lo tanto, con su respuesta, Jesús no solamente nos dice cuánto debemos perdonar —siempre—, sino también cómo debemos hacerlo: nuestro perdón debe aspirar a ser perfecto.
¿Y cómo es ese perdón perfecto? Jesús lo explica mediante la parábola del rey que perdona a uno de sus servidores una deuda enorme, pero este se niega después a perdonar una deuda mucho menor (cf. Mt 18,23-34). La enseñanza es clara: debemos perdonar como Dios nos ha perdonado. El perdón de Dios es constante y gratuito. La historia de la salvación nos muestra continuamente esta dinámica: Dios ama al hombre, el hombre rompe la alianza y Dios vuelve a ofrecerle su misericordia. No nos perdona porque lo merezcamos, sino porque nos ama. Por eso, tampoco nuestro perdón puede depender exclusivamente de los méritos de quien nos ha ofendido. Este es el perdón perfecto.
Pero quizá lo más difícil sea comprender que perdonar no significa dejar de sentir dolor. Jesús, clavado en la cruz, pide: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Pide perdón precisamente para quienes le están causando un sufrimiento inmenso. Nos enseña así que no tenemos que esperar a que desaparezca el dolor para comenzar a perdonar. Algunas heridas pueden acompañarnos durante mucho tiempo, por eso perdonar no significa negar lo sucedido, renunciar a la justicia ni olvidar mágicamente la ofensa. Significa impedir que el mal recibido tenga la última palabra sobre nuestra vida. Perdonar supone también cargar con la cruz, de allí que el perdón cristiano es una de las formas más exigentes del amor.
Hermanos, cada vez que rezamos el Padrenuestro decimos: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dios nos perdona siempre; por eso, también nosotros debemos aprender a perdonar como Él. De lo contrario, podemos convertir esas palabras que repetimos tantas veces en palabras vacías. ¡Dios no lo quiera! ¡El perdón no lo permita!
P. Tito Romero, CM.



















