SÉ GENEROSO CON EL FORASTERO
La liturgia de este domingo nos recuerda la ley de hospitalidad. El ritmo de la vida de la ciudad ha ido ahogando esta conocida costumbre, aunque tampoco se puede negar que somos buenos anfitriones, cuando recibimos a nuestros invitados en casa. Pero, la ley de hospitalidad en el mundo antiguo era una norma muy importante y, más aún, para Israel. Esta costumbre popular tenía un sentido religioso muy fuerte: Israel vivió como forastero por muchos años hasta que pudieron asentarse en la tierra prometida, entregada por Dios para ellos y debían tratar a los extraños migrantes con respeto y afán. Por tanto, Israel no podía olvidar jamás su pasado, y, una forma de hacerles recordar este origen, era la responsabilidad de atender a los forasteros o viajeros que pasasen cerca de sus casas. Todos de alguna forma experimentaban ser forasteros, y sabían que no iban a pasar necesidad alguna, porque siempre habría corazones generosos que abrirían las puertas de sus tiendas o casas para satisfacer el cansancio del viaje y el hambre por el largo camino. De alguna forma, era retributiva esta ley de hospitalidad.
En la primera lectura, se anima a seguir manteniendo esta sana costumbre con la historia de Eliseo que, ante la hospitalidad de la mujer sunamita de buena posición, le promete una buena noticia: el nacimiento de un hijo, a pesar de la vejez de su esposo. Es evidente, siguiendo este relato, que no se buscaba un reconocimiento público ante la bondad desplegada, pero se confiaba que Dios podía revelar su liberalidad en medio de tanta generosidad y hospitalidad. No es cuestión de condicionar, sino de saber esperar y ser agradecidos a Dios. Jesús mismo fue forastero en esta tierra, Él ha venido del Padre, se ha hecho uno de nosotros, y se ha presentado a la entrada de nuestra tienda. ¿Le has abierto tu corazón? ¿Le acogiste sin miramientos?
El salmo 88 es una composición con muchos matices, teniendo como eje central la alabanza al amor y la fidelidad de Dios, poniendo como referencia principal la promesa hecha a la casa de David y el acto creador del Dios que todo lo puede, y sigue ejerciendo su soberanía en su creación.
El evangelio de esta liturgia dominical prosigue el discurso de las instrucciones de Jesús a sus discípulos sobre la exigencia del seguimiento y pone la valla muy alta, con expresiones que, sacadas de contexto, pueden llevar a la confusión. Para la naciente comunidad, era quizá muy duro el caso de muchos que, por asumir la fe cristiana, debían posponer el amor a su familia. Pero, tenían que aprender a superar este obstáculo, sabiéndose partícipes de una nueva dimensión familiar en la que podían apoyarse, la de sus propios hermanos en Cristo. No se puede buscar solo aquello que nos convenga, porque hay una misión que cumplir y esto conlleva la salvación más allá de esta vida. De allí, el elogio para aquellos que puedan entender la importancia de acoger a los misioneros o evangelizadores como si a Cristo mismo acogieran. La recompensa de la que se habla, vuelve a subrayar la eficacia de un acto hospitalario, del cual se desprenderá una generosidad mayor, la que otorga Dios.
La segunda lectura, tomada de la exhortación de Pablo a los romanos, nos habla de la importancia de haber sido bautizados en Cristo. Pablo aprovecha a explicar cómo el que cree en Cristo ha muerto al pecado. De este modo, con este rito de iniciación, quedamos vinculados al misterio de la muerte y resurrección del Señor y, por tanto, experimentamos la propia salvación obrada generosamente por Jesús en el presente, sabiendo que nos aguarda la participación también de su resurrección a la vida eterna. Su sacrificio redentor y su resurrección, fue de una vez para siempre, por lo que la eficacia de este misterio de amor es real y actual en la vida del creyente bautizado, quien ha muerto al pecado y vive, entonces, para Dios.
Quizá no tengamos la oportunidad de abrir la puerta a algún viajero, pero sí vamos a tener la ocasión de tratar a mucha gente que no conocemos, ¿no podríamos ser un poco más amables? ¿no deberíamos ser un poco más sociables y generosos con ellos? Este mundo necesita más generosidad y afabilidad que gritos e insultos. ¿Podemos intentarlo? “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte”, sí, con palabras, pero también con acciones concretas.



















