NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VER

Nos acercamos cada vez más a la Semana Santa, donde reviviremos los acontecimientos más importantes de la vida nuestro Señor Jesucristo, y el tiempo de cuaresma nos ayuda a prepararnos convenientemente a ello.

Sentir el rechazo de alguien, nos indigna y nos molesta. Esto es más doloroso cuando, formando parte de un grupo humano, de pronto, somos expulsados por defender nuestras convicciones más profundas. Esto en el mundo antiguo era muy difícil de superar porque los valores comunitarios se imponían a los individuales. Todos se hallaban vinculados a un entorno comunitario y tratar de sobrevivir sin él, resultaba muy dramático.

El evangelista Juan ha tomado una tradición de Jesús acerca de la curación de un ciego y ha elaborado un relato que expresa la realidad de la comunidad joánica que vivió en carne propia la expulsión de las sinagogas judías a quienes confesaban que Jesús era el Cristo, ya desde la década del 80 d.C. Habría que precisar que, en este tiempo, el judaísmo rabínico fariseo buscó reorganizarse después de la catástrofe de la destrucción de Jerusalén (70 a.C.), para lo cual intentó redefinir su identidad tomando medidas muy exigentes de exclusividad, con lo cual los judeocristianos sufrieron directamente las consecuencias de tales medidas. Esto da pie, a poner la atención en la figura que el evangelio de este domingo presenta, la ceguera, no como mal físico, sino como terquedad que no permite abrirse a la aceptación de la verdad de la salvación que ha venido por medio de Cristo Jesús. Por tanto, la fuente de las buenas acciones es la fe en Cristo Jesús. Por eso que, para el evangelio de Juan, primero debe ser el creer. Si crees en el “enviado del Padre”, entonces verás con los ojos de la fe cómo Dios se manifiesta en aquello que los ojos humanos no pueden percatarse. Aquellos fariseos judíos negaban rotundamente que aquel Jesús podía obrar en el nombre de Dios. No eran capaces de salir de su “círculo hermenéutico”: Dios no mira a los pecadores, y aquel ciego era uno de ellos, con lo cual justificaban su ceguera. Jesús desea que aquel ciego de nacimiento se convierta en un signo de credibilidad de que es el “enviado del Padre” y que ha venido a salvar lo que para muchos era insalvable. Por eso, la situación se revierte, y el verdadero ciego no es el pobre hombre que lucha y lucha por convencerles que Dios ha tenido piedad de fijarse en él y devolverle la vista, sino este grupo de supuestos guardianes de la voluntad de Dios, que creen que están en la verdad, pero no hacen sino confirmar que están en la ceguera absoluta de la terquedad y la obstinación. Estos, no se han dejado sorprender por Dios, sino más bien, han llegado al extremo de quitarle la llave del reino al mismo Dios y se han puesto a la puerta para determinar quién entra y quién no. Lo realmente triste es que esto también pasa dentro de la comunidad cristiana en nuestros días ¡Ayúdanos Señor a librarnos de tamaño error!

Los ojos y los oídos en la Escritura son las ventanas del corazón, que es la sede donde se toman las decisiones. Por eso, si los ojos y los oídos son capaces de mirar y oír adecuadamente, se sintonizará con la generosa voluntad de Dios. Allí tienen el ejemplo de Samuel, el juez de Israel, que se encuentra confundido porque Dios no elige como los ojos humanos escogerían para ser rey. Dios no se deja convencer por lo externo, sino por lo que hay en el interior de cada ser humano. La lógica de Dios no es la lógica de los hombres, y, así, Dios prefiere a un sencillo pastor, el menor de los hermanos, “el que faltaba”, en lugar del hermano mayor, el “más fuerte”, el que, a simple vista, puede tener un porte de líder.

El Salmo 22, que se proclamará en esta liturgia, alude a Dios con la imagen del pastor, aquel que acompaña a su pueblo como a un rebaño al cual hay que cuidar. Este pastor protege en todo momento a sus ovejas y gana su confianza para toda circunstancia, y, finalmente, acoge a las ovejas como buen anfitrión en su casa para toda la vida.

La segunda lectura, tomada de la tradición paulina, probablemente un autor discípulo de Pablo, presenta su exhortación sobre la exigencia de asumir en fidelidad la vocación cristiana frente a la vana idea de volver a las costumbres paganas. Para esto, usa la metáfora de la luz y de las tinieblas, elemento fundante de la lucha escatológica en tiempos de Jesús y de la comunidad cristiana primitiva, y que es traída ahora en clave de una lucha actual donde se debe poner en evidencia a quien obra mal y su perdición en las tinieblas, para así, proclamar el triunfo anticipado de quien está en la luz y obra el bien. Este es un argumento más que la tradición paulina quiso mantener para defender lo dicho por el apóstol de los gentiles acerca de la libertad de los hijos de Dios.

Es tiempo de dejarnos iluminar por la luz que nos lleve a la verdad, la luz del discernimiento que nos conduzca a Cristo y alejarnos de las tinieblas de la terquedad y la obstinación. Imploremos a nuestro amado Pastor que nos “guíe por el sendero justo, por el honor de su nombre”.

Leave Comment