NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VER
La Real Academia Española define al ciego como quien está privado de la vista, pero también entiende la “vista” como la capacidad de comprender con la inteligencia. A partir de esto podemos decir que existen dos tipos de ceguera: la ceguera física, que impide ver con los ojos, y la ceguera espiritual, que impide comprender con el corazón y la mente. El evangelio de este domingo nos ayuda a reflexionar sobre cuál de las dos es más grave.
En el capítulo 9 del evangelio de san Juan aparecen dos tipos de ciegos. El primero es un hombre ciego de nacimiento. Jesús se acerca a él, reconoce su limitación y lo cura. Lo más sorprendente es que este hombre, que nunca había visto, llega rápidamente a reconocer a Jesús como Señor. Aunque no tenía vista física, su corazón y su inteligencia estaban abiertos. Comprendió que un milagro tan grande solo podía venir de Dios y, por eso, creyó y dio testimonio de lo que había ocurrido.
En cambio, los fariseos reaccionan de manera muy distinta. Ellos también conocen el milagro, pero buscan todo tipo de pretextos para no aceptarlo. Primero dicen que Jesús no viene de Dios porque realizó el milagro en sábado. Luego dudan de que el hombre haya sido realmente ciego y llaman a sus padres para interrogarlo. Finalmente, cuando se quedan sin argumentos, desacreditan al hombre curado y lo expulsan. Su problema no era de los ojos, sino del corazón: se negaban a aceptar la verdad.
Por eso podemos responder a la pregunta inicial: la ceguera espiritual es más grave que la física. La ceguera del cuerpo puede dificultar la vida, pero no impide reconocer a Dios. En cambio, un corazón cerrado sí puede impedir al ser humano descubrir su presencia y su amor.
Hoy también existe esta ceguera espiritual. Muchas personas se niegan a dar espacio a Dios en su vida, pensando que la felicidad se encuentra solo en el dinero, el poder o el éxito. Sin embargo, quien mantiene cerrados los ojos del corazón no podrá ver la luz, aunque la tenga delante. Ya lo dice el refrán: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
La Cuaresma es un tiempo para abrir los ojos del corazón, para quitar las vendas que no nos dejan ver a Dios y reconocer su presencia en nuestra vida. No basta con tener buena vista física; lo importante es aprender a ver con la fe, la inteligencia y el corazón.
P. Tito Romero, CM



















