VALIENTES PARA TESTIFICAR A JESÚS

El obispo de una diócesis de la ciudad, en una asamblea de su diócesis, hablando de la necesidad que tiene la Iglesia de misioneros valientes y celosos por la salvación de las almas, hizo una pregunta, a manera de invitación: “el pastor de su diócesis les hace una pregunta y un llamado: ¿cuántos de los aquí presentes desean ir al campo de misiones por un mes para estar con los pobres? ¿Cuántos desean dar testimonio de Jesús en medio de los pobres?”. Muchos levantaron la mano y se inscribieron para esa misión. A la semana siguiente, señalada como semana de preparación para ser misioneros, de las 150 personas que se inscribieron, sólo acudieron 50. La misión, en esa ciudad campesina, dio muchos frutos de conversión, de sanación, de fortalecimiento en la fe, etc. Y entonces al volver a sus respectivas parroquias, contaron todo “lo que habían visto y oído” (cf.Hch.4,20), y sólo atinaban en decir: “ay qué bonito, nos hubiera gustado ir”. El que tenga oídos que oiga.

Hoy mucha gente se deja llevar por la emoción en el plano de la fe. Queremos sólo “sentirnos bien”, “experimentar algo bonito en una misa, jornada, oración, tema espiritual”, etc. Y ¿sabes? Nuestra fe no es de sentimientos, aunque estos puedan ser “buenos o bonitos”, estos son pasajeros. Nuestra fe es de certezas (cf.Hb.11,1). Hoy comprobamos, también, que el mundo “se está quedando sin Dios”, sin gente valiente y generosa que hable de Dios a los demás, estamos “muy robotizados” con tanta tecnología, pareciera que los que dirigen los hilos del mundo quisieran como “quitar de la faz de la tierra todo signo de fe”.

En medio de ese contexto, Isaías, un gran profeta del antiguo testamento nos habla de parte de Dios y nos recuerda lo que somos y lo que Dios puede hacer por nosotros: “Tú eres mi siervo, por medio de ti me glorificaré. Te hago luz de las naciones” (Is.49,3.5-6). ¿Te has puesto a pensar por un momento que Dios tiene un plan para ti? ¿Sabes que Dios quiere hacer cosas grandes para el bien de los demás “usando” tus labios y tu vida misma? A veces no creemos esto, pensando que es “un buen o bonito deseo”. El salmista nos enseña que todos debemos responder al llamado de Dios para “hacer su voluntad”. Curiosamente lo recitamos a cada instante en la oración del Padre nuestro: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. ¿Acaso estaremos perdiendo el rumbo o el norte de la fe? Muchas veces buscamos que nos hablen de “un Dios buenito y amoroso” y no de un “Dios que por ser buenito y amoroso nos exige vivir bien nuestra fe y anunciar su amor de palabra y obra”.

San Pablo lo entendió perfectamente por eso que se presenta a los Corintios como “Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios” (1Cor.1,1-3). Cuando hablas de Dios a los demás, ¿cómo te presentas? ¿Realmente eres un signo del amor de Dios a los demás? ¿Realmente los demás pueden ver en ti a Dios? ¿Tienes “celo” por la salvación de las almas?

Juan el Bautista se caracterizaba por ser un profeta sencillo, lleno del fuego del Espíritu, predicar un bautismo de conversión, coherente con su vida de fe, y valiente para hablar o testificar a Jesús: “al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn.1,29-34). No sólo testificó a Jesús, sino que reconoció que el Único que da la salvación es Jesús. Si yo he tenido una experiencia de Jesús, si Él ha llegado a mi vida, si Él ha cambiado mi vida, si Él da sentido a mi vida, ¿por qué quedarme callado y no darlo a conocer? ¿Acaso por dar testimonio de Jesús voy a faltar al mandamiento misionero de “ir por todo el mundo anunciando la buena nueva”? (cf.Mc.16,15-20). Pudiera pensarse también que testificar a Jesús es “sólo del mundo no católico”. Es totalmente falso.

Nos llenamos de miedo para hablar de Dios a los demás, nos cerramos y somos tan testarudos que eso genera no sólo indiferencia a ese mandato misionero, sino también burla, señalamiento negativo y cuestionamiento a los que sí lo hacen.

¿Sabes? El mundo está como está porque no se les habla de Dios a los demás con el testimonio, con la palabra y con la vida misma. Aquellos 50 misioneros de la historia, entendieron que Dios les llamaba para ser misioneros capaces de compartir la fe a otros, capaces de testimoniar a Jesús muerto y resucitado (cf.1Cor.1,23). Aprendamos, de María Santísima a dar testimonio de Dios: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc.1,46).

Necesitamos personas VALIENTES PARA TESTIFICAR A JESÚS.

Con mi bendición:

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