Queridos hermanos:

Fue el profeta Isaías el que introdujo en el pueblo de Israel la idea de la llegada de un enviado de Dios para salvarlo de todas las amenazas que estaban enfrentando. Alrededor del siglo VI antes de Cristo, el pueblo de Dios estaba afrontando un momento difícil debido a la invasión del impero de Babilonia que había destruido casi todo Jerusalén, con el templo incluido, y deportado a sus habitantes a vivir como extranjeros en Mesopotamia. El pueblo de Israel entró en una crisis de fe debido a que había perdido los dos pilares que la sostenían: su tierra y el templo. Ante esta situación aparece un personaje, un profeta que llaman el Deutero-Isaías, para infundirles un poco de esperanza. Su mensaje se basaba en la idea de que Dios no podía dejar la situación tal como estaba y que iba a actuar de un momento a otro. La manera cómo Isaías se imaginaba la actuación de Dios era a través de la llegada de un enviado de Dios que iba a renovar todas las cosas. A ese enviado de Dios del que hablaba Isaías se le comenzó a llamar en hebreo “Mesías”, que en castellano quiere decir “el Ungido”.

Isaías habla de la llegada del Mesías usando una frase: “aquel día”. La irrupción de Dios para arreglar todo se realizaría “aquel día”. Nadie sabía cuándo sería “aquel día”, pero todos estaban seguros que llegaría. Es más, Isaías se imagina “aquel día” como el comienzo de un tiempo nuevo, donde todo vuelve a su lugar: el pueblo que estaba deportado volvería a su tierra, el templo sería reconstruido, los malhechores serían destruidos, la paz y la justicia reinarían por siempre, porque había llegado el enviado de Dios. A este tiempo se refiere la descripción alegre y esperanzadora que encontramos en la primera lectura de este domingo: “Que se alegre el desierto, tierra seca; que se llene de alegría, que florezca, que produzca flores como el lirio, que se llene de gozo y alegría. Dios lo va a hacer tan bello como el Líbano, tan fértil como el Carmelo y el valle de Sarón” (Is 35,1-2). Además, la misma lectura nos ofrece las consecuencias en las propias personas de la llegada de “aquel día”: “Entonces los ciegos verán y los sordos oirán; los lisiados saltarán como venados y los mudos gritarán. En el desierto, tierra seca, brotará el agua a torrentes” (Is 35,5-6). Como vemos, tal como lo plantea el profeta, la llegada del Mesías, que se produciría “aquel día”, iba a dar inicio a un tiempo nuevo y mejor para el mundo y para el hombre.

Pasaron los siglos hasta que llegamos al tiempo que nos describe el evangelio de este domingo. Es un diálogo entre Jesús y los discípulos de Juan el bautista. Juan conocía muy bien las profecías mesiánicas y sabía que la llegada del Mesías inauguraría un tiempo nuevo con características concretas. Para cerciorarse de que Jesús era el enviado de Dios, manda a sus discípulos a preguntarle. La respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista no es directa; más bien, Jesús le responde usando las palabras que hemos escuchado de Isaías en la primera lectura: “Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo. Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Mt 11,4-5). Hay una coincidencia exacta entre lo que responde Jesús y lo que había profetizado Isaías sobre la llegada de “aquel día”. Si la llegada de Jesús produjo que los ciegos vean, los cojos anden y los sordos oigan, es porque él es era Mesías y ya había comenzado el tiempo nuevo profetizado por Isaías, el tiempo de la renovación querida por Dios, el tiempo en que se da una nueva oportunidad para el mundo.

Queridos hermanos: este tiempo nuevo inaugurado por Jesús “aquel día” dio inicio a un proceso de renovación de todo lo creado. Después de casi dos mil años de la primera navidad, el hombre y el mundo se han ido perfeccionando, pero aún este proceso no ha culminado. Mientras exista maldad, pecado y muerte a nuestro alrededor, no podemos decir que lo descrito por Isaías se ha realizado del todo. En cada navidad que celebramos recordamos el inicio de este proceso, pero no debería ser solo una fiesta para recordar una fecha histórica, más bien, debería ser la oportunidad de evaluar nuestro papel en este proceso de perfección iniciado por la llegada de Jesús. Ya los ciegos han empezado a ver, los cojos a andar, los sordos a oír; ahora nosotros debemos entrar en esta dinámica de perfección. Quizá este 25 de diciembre podamos añadir a la lista de cosas buenas que empezaron con Jesús nuestra propia conversión, nuestras decisiones a amar más, a perdonar más, a servir más. Esa sería una navidad bien celebrada.

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