La liturgia llama al III Domingo de Adviento como el “Domingo Gaudete” o “Domingo de la Alegría”.  Es por eso que se permite el uso de ornamentos color rosa, ya que manifiestan la alegría por la cercanía del nacimiento del Señor.

La Iglesia ha querido conservar esta antiquísima tradición a lo largo de los siglos, cuyo origen radica en la palabra latina, “Gaudete”, con la que comienza la antífona de entrada: “Alégrense siempre en el Señor; se lo repito, alégrense. El Señor está cerca”. Esta alegría de la que habla la liturgia se ve representada en los signos del Mesías que presenta Isaías y que Jesús realiza durante su vida.

Estos signos, como explica la segunda lectura tomada de la carta de Santiago y que los prefacios I y II de adviento recogen, nos mueven a contemplar las dos venidas de Cristo (venida histórica y la venida escatalógica), una doble expectación que no significa cruzarnos de brazos y esperar cómodamente; sino, realizar, en la medida de nuestras fuerzas, aquellos signos que acompañan la predicación del Mesías: “los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el evangelio…”.

La primera lectura nos presenta una de las páginas más bellas de los libros proféticos. La promesa de un Dios que se encarna para salvar a su pueblo es un motivo de gozo para Israel que está sufriendo la calamidad del desierto, con deseos de volver a la patria. El plan de Dios es de alegría y de liberación total. Si antes los israelitas agradecían por la liberación de la esclavitud de Egipto, ahora van a tener un motivo mayor, más glorioso, para alegrarse porque el Dios de Israel les hará volver del destierro de Babilonia.

Como respuesta a esta promesa que sigue resonando hasta nuestros días hacemos nuestras las palabras del salmista diciendo: “Ven, Señor, a salvarnos”. Esta súplica confiada nos debe de mover a comprometernos más con el anuncio de la buena noticia que es Jesús. Este Jesús que asume nuestra carne para redimirnos.

El evangelio llama la atención la correspondencia que existe entre el anuncio de Isaías (en la primera lectura) y la respuesta de Jesús. Las “obras del Mesías” son las que darán testimonio que Jesús en verdad es el enviado del Padre. Es por eso, que Jesús mismo cita a Isaías para demostrar que ha venido a cumplir sus anuncios proféticos.

La señal de que ha llegado la plenitud de los tiempos es que Cristo cura, libera, resucita. Todos los que le veían hacer estos signos claramente podían deducir que Él era el mesías anunciado por los profetas.

Nosotros, cristianos del siglo XXI, también estamos llamados a hacer nuestras “las obras del Mesías”. Quizá no podremos hacer milagros, como los hacía Jesús. Pero sí podemos echar una mano a los desanimados y transmitirles un poco de esperanza, por poner un ejemplo. Los mejores signos no son las palabras hermosas que pidamos decir el día de noche buena, ni los cantos y los ritos con que celebramos la Navidad. Donde reconocerán nuestros contemporáneos que está presente en Señor, que es el Dios-con-nosotros, es en nuestras obras. En las mismas obras que hacía Jesús.

¿Qué va cambiar estos días en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestra parroquia? ¿va crecer la ilusión, la esperanza, la colaboración sincera, la mano tendida? ¿o nuestra fe y nuestra celebración de la Navidad va a quedar solo en costumbres efímeras y momentos de iglesia? De palabras y discursos ya estamos saturados. Es necesario obras visibles, concretas, palpables. Cambios de estilo de vida, con mayor paz y convivencia y solidaridad.

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