PURIFICANDO LA RELIGIÓN

“Feliz aquel que no se escandalice de mí”. Llegamos al domingo del gozo de este tiempo del adviento. A la luz del evangelio se confirma que, aunque la esperanza por el Mesías era unívoca para los judíos contemporáneos de Jesús, no todos coincidían en las expectativas de cómo se manifestaría a los suyos. Algo así nos viene pasando a los cristianos de hoy. Por eso, la voz de Juan nos invita a replantear nuestra “religión”, a veces centrada en fundamentos doctrinales, tradiciones que se hacen costumbres, imágenes de Dios que intentamos defender a ultranza. El lenguaje profético de Juan sintoniza con la idea del juicio inevitable contra el pecador, pero también arremete contra aquel que se siente seguro en su condición de “cumplidor de la Ley” y que le lleva muchas veces a despreciar a sus hermanos, y también a los paganos por ignorantes y excluidos de la salvación. Juan escucha hablar de que Jesús no porta ninguna hacha, no profiere condenación alguna, y más bien está cerca de los considerados pecadores y maldecidos por Dios. “¿Es éste el Mesías o tenemos que esperar a otro?” Juan vive la crisis de su expectativa mesiánica. Jesús no hace más que aclarar su misión. La mayor felicidad en el corazón del hombre es que Dios se ha hecho uno de nosotros y quiere devolver al ser humano su dignidad, y esto no debe llevar a escándalo alguno. Quién lo pueda entender, será feliz. Pero hoy sigue latente, para muchos, esta pregunta: ¿Será Cristo de verdad el Mesías? Ya es tiempo de purificar nuestra religión, no podemos seguir justificando las realidades de dolor y sufrimiento confesando que Dios nos lo envía como castigos y pruebas; no podemos defender a Dios atacando y despreciando al otro porque piensa distinto de nosotros; no podemos confiarnos de que por ser bautizados ya estamos libres de caer y juzgamos con el dedo acusador a quien sucumbe ante sus propias debilidades. Nos falta mucha paciencia en el camino de la fe, nos cuesta creer que se pueda cambiar. Pero, en definitiva, nosotros no somos los salvadores, ya tenemos un Salvador, aquel Niño que está por nacer, frágil pero llamado a robustecer nuestras rodillas vacilantes; puro pero llamado a devolver pureza a los que este mundo llama “impuros”. Juan necesitaba convencerse de que el Reino de Dios había llegado en Jesús con el poder del amor de Dios a los más despreciados de la sociedad y esto requería un cambio de perspectiva religiosa de sus contemporáneos. Creo que hoy también muchos necesitamos convencernos de esto. Déjate purificar por el Dios de Jesucristo. Doblégate ante el Dios de los pobres, de los enfermos, de los que sufren, de los buscadores de Dios, de los que quieren ser felices aceptando el compromiso de ver al “otro” como su hermano y no como un pecador, como un enemigo. Ya es tiempo de dejar de escandalizarse por este Mesías, tan humano, tan hermano, tan de Dios

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