GRACIAS MARÍA

La primera lectura nos presenta la promesa de Dios hecha sobre la casa de David que cobró gran importancia ante la expectativa del Mesías en tiempos de Jesús. Dios, sin duda, es el dueño de todo lo creado y sostiene toda su creación, por tanto, no puede quedar encerrado en un lugar específico. Aunque David, en su buena intención, quiere que el Señor se quede por siempre con su pueblo, para lo cual ofrece construirle un templo, es más bien Dios el que decide “edificar” una dinastía a quien sacó de los apriscos para convertirlo en el gran regente de Israel, prometiendo proteger su descendencia por siempre. Esto fortalecerá la idea de que sería un descendiente de David el Mesías esperado, lo que se confirmará por la relectura de la comunidad cristiana de este pasaje en su aplicación a Jesús, el Hijo de David.

En la segunda lectura, nos encontramos con el final de la probable última edición de la carta a los Romanos. Es una doxología que busca subrayar la autenticidad del evangelio anunciado por Pablo entendido como un misterio insondable revelado por la gracia de Dios en sintonía con el cumplimiento de la Escritura y abierto a todas las naciones. Todo un resumen de la actividad misionera de Pablo hecha alabanza.

En el evangelio, una vez más escucharemos el relato de la anunciación del ángel Gabriel a María, que busca, recogiendo desde esta forma literaria de las “anunciaciones” como en muchas páginas de la Biblia, subrayar el cumplimiento de los designios de Dios en la historia y cómo se vale de la libertad y humildad de sus elegidos como María para asumir la tarea encomendada, en este caso, ser la Madre del Hijo de Dios. Dios quiere derramar su gracia sobre los hombres necesitados de salvación y, para ello, llena de gracia a quien se convierte en la depositaria de la acción eficaz del Espíritu, por quien concebirá a quien restaurará el trono de David por siempre. Las promesas del Antiguo Testamento llegan a su plenitud y se corrobora con lo acontecido en Isabel, su pariente, lo que motiva a la sencilla mujer de Nazaret a responder asertivamente a la misión revelada. Con esas maravillosas palabras “He aquí la esclava del Señor…” queda dispuesto el corazón y el seno de María para llevar adelante el misterio escondido por todos los siglos. Hoy toca agradecer a María, su sí, su libertad, su humildad, su servicio. Dios ha hablado en la historia de la humanidad y jamás abandonará a la humanidad que tantas veces se halla perdida queriendo trazar sus propios designios. Dios ya tiene los suyos propuestos para la humanidad, ¿qué esperamos que no los acogemos?

Dejemos de lado nuestras seguridades particulares y abrámonos a la alianza que nos ha traído con Jesús, su Hijo, y de la mano de María, su Madre.

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