PAN PARA COMER Y PARA DAR DE COMER

 

Hermanos:

En la Solemnidad del Corpus Christi, la Iglesia dirige su mirada hacia el gran tesoro de su fe: Jesucristo presente en la Eucaristía. Aunque este misterio puede contemplarse desde muchos aspectos —como presencia real, sacrificio pascual, sacramento del amor o signo de comunión—, las lecturas de este día nos invitan a descubrir la Eucaristía como alimento para nuestra vida.

No es casualidad que Jesús haya instituido este sacramento durante una cena y haya querido permanecer entre nosotros bajo las especies del pan y del vino. En el evangelio, tomado del discurso del Pan de Vida, el Señor se presenta como el verdadero alimento bajado del cielo, capaz de saciar el hambre más profunda del corazón humano. Quien come de este pan recibe la vida de Cristo y encuentra la promesa de la vida eterna.

Todos experimentamos algún tipo de hambre: hambre de sentido, de esperanza, de amor, de paz o de Dios. En medio de las dificultades y preocupaciones de la vida, la Eucaristía se nos ofrece como el alimento que fortalece el espíritu, renueva nuestras fuerzas y nos une más íntimamente al Señor. Cada vez que participamos de ella, es el mismo Jesús quien viene a habitar en nosotros y a sostener nuestro caminar.

Pero la Eucaristía no solo nos alimenta; también nos envía. Quien ha sido saciado por el amor de Cristo está llamado a compartirlo con los demás. A nuestro alrededor encontramos personas que sufren hambre material y necesitan nuestra solidaridad, pero también muchas que padecen hambre de Dios, de esperanza y de compañía. Como discípulos del Señor, estamos llamados a acercarnos a ellas con gestos concretos de caridad y con el testimonio de una fe viva.

Que esta fiesta del Corpus Christi nos ayude a valorar más el don de la Eucaristía y a convertirnos en pan partido para los demás, llevando la presencia y el amor de Cristo a quienes más lo necesitan.

 

Tito Romero, cm.

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