DIOS QUIERE SALVAR A TODOS
Sin duda la experiencia de exilio motivó el replanteamiento de la dimensión salvífica de Dios en relación a su elección especial en medio de los otros pueblos. De un exclusivismo radical se empieza a hablar de un universalismo salvífico, en donde Israel sin lugar a dudas es el pueblo elegido, pero tiene una misión: ser luz para las demás naciones, a quienes también se les presenta la salvación. Puede que se entienda que estas naciones no podrán pertenecer directamente a Israel, pero si deciden guardar el sábado y aceptar espiritualmente la alianza, podrán ser partícipes de la misericordia de Dios. Esto dará origen a los temerosos de Dios, paganos que sentían admiración por la religión judía y a quienes se les permitirá al menos llegar al primer nivel del Templo de Jerusalén, el patio de los paganos, para que puedan dirigir sus oraciones y encomendar sus sacrificios a los levitas. El Tercer Isaías, a la vuelta ya del exilio, nos propone este debate que se extenderá hasta tiempos de Jesús y de la primitiva comunidad cristiana.
Seguimos meditando el salmo 66 del domingo pasado.
Pablo, ya en la madurez de su apostolado, manifiesta vivamente a los romanos la peculiaridad de su misión: evangelizar a los paganos. Este proyecto fue asumido después de las desavenencias que se sucedieron en torno a la asamblea de Jerusalén del año (48/49 d.C.). Pablo decidió abrirse, entonces, en misión hacia occidente, en el contexto mismo del paganismo, pero él no dejó nunca de ser judío. Si unimos esta lectura con la del domingo pasado, podemos entender que Pablo deseaba vivamente que sus hermanos de raza pudieran también acoger esta Buena Nueva, pero se siente triste porque no lo ha podido lograr. Aun así, considera todo esto como un acto providencial de Dios para que, justamente, los paganos pudieran ser partícipes de este mensaje esperanzador desde la fe en Cristo a pesar de la rebeldía de los judíos, y ante el avance de la evangelización de los gentiles, pudieran sus hermanos judíos suscitar el celo que los lleve a aceptar también la fe en un Dios infinitamente misericordioso, que, así como tuvo compasión de los gentiles, ahora lo puede tener para su propio pueblo.
La tradición sinóptica, y especialmente Mateo, que se dirige a una comunidad en la que mayoría de ellos procedían del judaísmo, nos presentan el ministerio de Jesús como un movimiento galileo de renovación intrajudío, quizá también dentro de la perspectiva universalista de los profetas posteriores al exilio, pero sin renunciar por ello a la responsabilidad de los judíos como pueblo elegido. Solo de esta forma se puede comprender mejor este pasaje de Jesús, un poco confuso si uno lo lee por primera vez, sobre todo por la renuencia de Jesús a atender el pedido de la mujer cananea (extranjera) para que expulsara a un demonio de su hija, y su dura respuesta ante la intervención de aquella mujer, a quien se alude también como perteneciente al grupo de los “perros”, en clara alusión a quienes no formaban parte de la herencia judía. Obviamente, el texto sitúa a Jesús en esta región lo que genera una llamada de atención, pues sí justamente su mensaje no iba para los paganos, ¿qué hacía en Tiro y Sidón? Ahora bien, el mensaje de esta apertura salvífica ni siquiera lo da Jesús sino la fe de aquella mujer, que se sabe ajena a la herencia del pan de la saciedad, pero espera de la misericordia de Dios la oportunidad también de recibir, aunque sea de las migajas que caigan. La fe de esta mujer termina por conmover y convencer a Jesús de que es digna, aun siendo pagana, de recibir el favor de Dios.
La novedad del evangelio predicado por Pablo y los apóstoles era la apertura del plan salvífico del Reino de Dios a todos los hombres y mujeres del mundo, sin ningún tipo de distinción. Llegar a este discernimiento no fue fácil para el judaísmo cristiano en sus diferentes vertientes y empresas misioneras, pero luego ante la renovación promovida por el judaísmo fariseo después del año 70 d.C., buscando asegurar la identidad judía, se tuvo que apelar a continuar con la labor misionera a todo hombre que quisiera acoger esta verdad salvífica en el contexto del mundo grecorromano. La Iglesia ha cogido la posta de la evangelización y por ello misioneros y misioneras siguen siendo enviados para anunciar la verdad de la salvación por todo el mundo, y nosotros desde aquí nos unimos a ellos con la oración y el apoyo material, para lograr el ideal del salmista: “Oh Dios que todos los pueblos te alaben”.



















