NADIE SE SALVA SOLO

Hermanos:

El evangelio de san Mateo es conocido como el evangelio eclesial porque contiene numerosas enseñanzas sobre la vida y la misión de la Iglesia. En él encontramos la proclamación de Pedro como líder de los discípulos, el envío misionero y, especialmente, un amplio discurso de Jesús sobre la vida comunitaria, contenido en el capítulo 18, del cual está tomado el evangelio de este domingo. Las indicaciones de este texto buscan orientar la correcta convivencia dentro de la comunidad cristiana.

Recordemos, ante todo, que la Iglesia es una comunidad de discípulos que comparten la fe en Jesucristo y la esperanza de la salvación. Sus estructuras, su jerarquía y sus normas están al servicio de esa comunión, cuyo fundamento es el amor. Por eso, desde los primeros años del cristianismo, la vida comunitaria fue una prioridad, y sigue siéndolo también para nosotros, pues la misión de la Iglesia permanece inalterable.

El evangelio de hoy se centra en uno de los aspectos más delicados de esa vida comunitaria: la corrección fraterna. Jesús parte de un principio sencillo: lo que sucede a un miembro repercute en toda la comunidad. Por eso todos somos responsables, de algún modo, del bien espiritual de nuestros hermanos. Esta misma idea aparece en la primera lectura, cuando el profeta Ezequiel recuerda que quien calla ante el pecado del otro también tiene responsabilidad por su suerte (cf. Ez 33,8). La salvación o la pérdida de uno afecta a toda la comunidad.

La respuesta de Jesús es la corrección fraterna. No se trata de criticar, humillar o condenar al hermano que se equivoca, sino de ayudarlo a recuperar el camino. Su objetivo no es derrotarlo, sino, como dice el mismo Señor, “ganar al hermano”. Por eso Jesús propone un camino gradual: hablar primero a solas, luego con uno o dos testigos y, solo si fuera necesario, acudir a la comunidad (cf. Mt 18,15-17). El criterio siempre es el amor y la búsqueda de la reconciliación.

Esta corrección exige también delicadeza y madurez. Jesús dice: “Habla con él a solas”. Se trata de ayudar al otro a reconocer su falta, no de echársela en cara. Para ello hacen falta prudencia, equilibrio espiritual, capacidad de diálogo y la asistencia del Espíritu Santo, que concede el don del consejo.

El evangelio concluye recordándonos la fuerza de la oración en común. Pidamos al Señor por aquellos hermanos que atraviesan mayores dificultades y roguémosle que nos conceda la sabiduría y la caridad necesarias para practicar una auténtica corrección fraterna. No nos salvamos solos. Caminemos hacia Dios ayudándonos unos a otros, para que nadie se quede atrás.

 

P. Tito Romero, CM.

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