LA VERDADERA RELIGIÓN

Queridos hermanos:

San Vicente de Paúl afirmaba que “la verdadera religión está entre los pobres”. Esta expresión nace de su experiencia de servicio y evangelización, y encuentra su fundamento en el evangelio de este domingo. Jesús exclama: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Las “cosas” de las que habla son los misterios de Dios, su modo de actuar y su revelación.

Aunque Dios se da a conocer a todos, solo pueden acoger plenamente su revelación quienes viven con sencillez y humildad. La sencillez lleva a vivir con transparencia, autenticidad y sin doblez; la humildad, por su parte, hace reconocer que todo lo que somos y tenemos es un don de Dios y que dependemos de Él para dar verdadero sentido a nuestra vida. En cambio, quien pone toda su confianza en sus conocimientos, capacidades o riquezas difícilmente siente la necesidad de buscar a Dios, y por eso le resulta más difícil abrirse a su voluntad y comprender sus misterios.

Los humildes y sencillos, por el contrario, saben que su verdadera seguridad está en el Señor. Por eso viven con una especial sensibilidad para descubrir su presencia incluso en medio de las dificultades. Desde esa experiencia, comprenden mejor el Evangelio y aprenden a confiar en Dios antes que en sus propias fuerzas.

A esto se refería San Vicente cuando hablaba de los pobres como los verdaderamente religiosos. No porque la pobreza sea un bien en sí misma, sino porque quienes experimentan su fragilidad suelen reconocer con mayor facilidad su dependencia de Dios. Además, saben lo que significa necesitar ayuda y, por ello, están más dispuestos a practicar la caridad con generosidad.

El mensaje de hoy es una invitación para todos. La sencillez y la humildad no dependen de la condición económica ni del nivel de estudios. También el rico y el sabio pueden vivir estas virtudes si reconocen que todo cuanto son y poseen proviene de Dios y orientan su vida desde esa certeza. Esa es la verdadera pobreza de espíritu de la que habló Jesús: una actitud de confianza, desprendimiento y total apertura al Señor. Solo desde esa disposición del corazón podremos conocer verdaderamente a Dios y vivir una religión auténtica.

P. Tito Romero, CM.

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