FIDELIDAD A TODA PRUEBA COMO MARÍA

 

La omnipotencia de Dios se traduce en una suave brisa, según se describe en la presentación teofánica del primer libro de los Reyes, causando una gran impresión para los lectores de la Escritura, habituados a releer y escuchar que Dios manifiesta su poder con prodigios y milagros. Elías está huyendo de la amenaza de matarlo por parte del rey de Israel y su esposa Jezabel. Por tanto, aquel que se enfrentó a los cuatrocientos profetas de Baal en el monte Carmelo venciendo en la apuesta, termina ahora sucumbiendo al miedo de quienes pueden quitarle la vida. Pareciera que Elías se ha desilusionado, pues no ha podido cumplir el propósito de cambiar el corazón del rey, y termina por deambular en el desierto y querer morir. Pero, Dios lo anima y ofreciéndole alimento, lo reconduce al monte de Dios. Elías deberá prepararse para ver el paso de Dios. Y allí donde el Señor reveló su poder dando su Ley a Israel, en medio de truenos, fuego y temblores, ahora solo pasa ante Elías como una suave brisa. Elías renueva su vocación y sale a terminar su misión, ungir reyes y su sucesor. Dios le ha sorprendido a quien se sentía seguro de haber comprendido cómo actuaba Dios.

El salmo 66 expresa la gratitud y alabanza a Dios por la cosecha, entendida como la bendición para el pueblo y signo por el que los demás pueblos pueden reconocer la grandeza del Dios de Israel.

En la segunda lectura, escucharemos un testimonio de Pablo acerca de cómo analiza el impacto de la evangelización en sus hermanos judíos y llega a la conclusión que siente una gran tristeza porque piensa que su misión no puede ser completa si sus hermanos judíos herederos de las promesas del pasado no aceptan la fe en Cristo. Pablo entiende que los judíos tienen todos los medios al alcance para poder entender que en Cristo se da el cumplimiento de la Escritura, pero falta dar ese paso definitivo, la fe en Cristo. Esto finalmente, le motiva hacer un último intento, esta vez en la gran comunidad de Roma a la cual desea visitar.

En el evangelio de Mateo, continuamos la secuencia narrativa de la multiplicación de los panes, y se nos presenta un relato que este evangelista reformuló del evangelio de Marcos, presentando de un modo más positivo a los apóstoles. Aquí, el poder salvador de Dios se manifiesta firme y seguro como la voz exigente del Maestro que camina sobre las aguas, pidiendo a sus discípulos que no tengan miedo, revelándose como el “Yo soy”, a pesar de la fuerza de los vientos que azotan la nave. Y aparece la figura de Pedro, quien con sus hermanos se hallan en la barca, símbolo aquí de la comunidad que navega por situaciones turbulentas. El entusiasmo inicial de Pedro al caminar sobre las aguas, cambia por el temor de verse sorprendido ante lo que creía él podía realizar, y termina por hundirse, posibilitando la ayuda de Jesús. Este relato, concluye con la subida de Jesús en la barca, pero a diferencia de la incertidumbre de los discípulos en la narración de Marcos, y el señalamiento de la terquedad de los discípulos que no entendieron lo de los panes (glosa de Mc 6,52), aquí estos terminan por reconocer a Jesús, postrándose y proclamando: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”, una confesión sorprendente. Los discípulos han aprendido que en su misión no la realizarán solos, no estará físicamente más Jesús, pero siempre permanecerá en medio de ellos porque es el Hijo de Dios.

De esta forma la liturgia de este domingo nos introduce en la necesidad de renovar constantemente nuestra fidelidad a Dios. Elías necesita renovar su profetismo y esto lo lleva a experimentar la presencia del Señor en el Horeb, ya no con la teofanía portentosa del pasado sino con la brisa de un respiro necesario para seguir adelante. Pablo abre su corazón para plasmar su deseo de que sus hermanos judíos puedan experimentar lo que a él le aconteció. Jesús ejerce su soberanía sobre el mar, signo del caos y del efecto contradictorio del pecado, caminando sobre las aguas, con el fin de revelar su identidad ante sus discípulos. Pedro encarna la tibieza del discípulo que aún necesita contemplar al resucitado para poder también con él vencer al poder del mal. Aun con todo, se adelanta la proclamación que será el soporte de la confesión de fe ante el crucificado: “Verdaderamente este es el Hijo de Dios”. Con todo esto, cómo no unirnos al salmista que invoca a la alabanza universal: “Oh Dios que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. De vez en cuando, nos hace bien, ir al Horeb, el monte de Dios, a replantear nuestra vocación de fieles cristianos, seguidores de Cristo Maestro.

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