Queridos amigos

El evangelio de hoy (Mc 1, 21-28) nos revela a través de dos situaciones cómo era la personalidad de Jesús. Las situaciones ocurren en la sinagoga de Cafarnaún, en la que Jesús suele comentar la Escritura y en la que, esa mañana, hay entre la gente “un hombre poseído por un espíritu inmundo”, del cual Jesús lo libera. En ambos casos  –la explicación de la Escritura y la liberación del endemoniado-, hay algo en común, que sobresale y que deja a todos fascinados, llenos de asombro: es la personalidad de Jesús, combinación perfecta de firmeza y bondad.

 Jesús explica la Escritura con autoridad, como quien sabe, y sin recurrir permanentemente a las masoras o ayudas, que llenaban los márgenes de los rollos o libros judíos. ¡Qué distinto de los escribas y rabinos! Luego, cuando curó al endemoniado, lo hizo también con autoridad, como quien puede. Con voz de mando: “¡Cállate y sal de él!”, le dijo, y “el espíritu inmundo salió”. El comentario de Marcos se reduce a decir que la fama de Jesús se extendió pronto por todas partes. Ningún comentario al asombro de los asistentes, como lo hará en otra ocasión (Mc 15,39) ni a la rabia del Maligno, expresión de su impotencia contra Jesús (Jn 14,30)

La autoridad de Jesús está en su personalidad, que se manifiesta como firmeza y bondad. Tiene sin duda otros muchos rasgos, por ejemplo, es coherente, sencillo, comprensivo, cercano…, pero me quedo con los de firmeza y bondad, que son los que más necesitamos hoy para ser hombres hechos y derechos y para el buen trato familiar y social. Hay que ser firmes (no duros ni agresivos ni violentos) a la hora de señalar una tarea o de hacer que las cosas se cumplan o se corrijan. Firmes, pero con bondad y afabilidad, que siempre cautivan y atraen. Revistámonos de la personalidad firme y bondadosa de Jesús y todo nos irá mucho mejor.

En cuanto a la presencia del Demonio en aquella sinagoga, digamos que fue resultado de su sospecha creciente de que Jesús podía ser el Mesías. Su encuentro con Jesús en el desierto (Mt 4, 1-11) había confirmado esas sospechas. Y allí estaba de nuevo Satanás, hablándole desde un pobre hombre a quien, con malas artes, había hecho suyo: “Sé que eres el “Santo de Dios”, le dijo, esperando una respuesta. Pero Jesús no cayó en la trampa. Y sin darse por aludido, le mandó callarse y salir de aquel el hombre. En nuestra lucha por ser mejores y por el triunfo del bien, el Maligno va a usar todos sus recursos para hacernos caer. Pero no lo logrará si estamos con Jesús y acudimos a Él con confianza.

 

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