La Santidad en la Biblia – CAVI – Semana Vicentina

Compartimos el material del primer día de la semana vicentina.

CAMINO BÍBLICO A LA SANTIDAD

P. Ernesto Hernández, CM.

LA SANTIDAD DE DIOS EN EL AT

El Santo es alguien moralmente bueno, alguien moralmente perfecto. En la Biblia, y específicamente en el Antiguo Testamento, el atributo de santidad constituye, en la religión judaica, como la marca distintiva del Verdadero Dios. Dios es por excelencia el “Santo”, el “Santísimo”. Su nombre es santo, su palabra y su espíritu son santos: y ello tanto por su perfección como por su trascendencia. El hombre no es perfecto y necesita de la ayuda de Dios para serlo. La primera vez que vemos esa paradoja es con Moisés y la Zarza ardiente. Es aquí que Dios le dice a Moisés que se quite las sandalias porque la tierra que pisa es Santa. Moisés cubre su rostro con temor y Dios le dice “No te acerques más”. (Ex 3. 1-10)

Es Isaías, de todos los profetas, quien tuvo el sentimiento más vivo de la santidad divina. Para él, Dios, es el “Santo de Israel”. Decir que se santifica, es decir que manifiesta su santidad castigando el pecado y haciéndose honrar, temer, y mostrándose benevolente.

LA SANTIDAD DEL HOMBRE EN EL AT

En el Antiguo Testamento, la santidad del hombre puede llegarle por dos medios:

  1. Sin intervención directa de la divinidad. Donde el hombre ha sido revestido de una cierta santidad exterior, sea por consagración (sacerdotes, levitas, nazarenos), sea por un acto ritual (sacrificios, abluciones) sea por un mero contacto con un objeto de culto como las vestiduras de los levitas (“Cuando salgan al atrio exterior, donde está el pueblo, se despojarán de las vestiduras con que hayan oficiado; las dejarán en las salas del santuario y se pondrán otros vestidos, con el fin de no santificar al pueblo con sus vestiduras.”Ez, 44, 19), el altar y los utensilios sagrados (“Harás, pues, con Aarón y sus hijos todo lo que te mando. La consagración durará siete días. Cuando se haga la expiación para la purificación del altar, se ofrecerá cada día un novillo para la expiación, un sacrificio por el pecado, y luego ungirás el altar para consagrarlo. La expiación por el altar, y luego su consagración durará siete días. En adelante el altar será cosa muy sagrada y todo cuanto toque el altar quedará consagrado.” Ex, 29, 35-37; 30, 29).

SANTIDAD QUE SE TRANSMITE.

Así vemos a determinados “hombres de Dios” hacer pasar algo de su santidad a los que los rodean: Moisés, Josué y Samuel santifica al pueblo. Job santifica a sus hijos.

LA SANTIDAD DE LOS PROFETAS

Por último, esta santidad, de alguna manera física, se transforma con el tiempo, muy particularmente bajo la influencia de los profetas, en santidad interior y espiritual, fruto de la rectitud moral y de la obediencia a los preceptos divinos. (Os 6,6).

  1. O bien, la santidad depende de una comunicación directa de Yahvé. Dios ha elegido un pueblo para él, el pueblo de Israel; se le ha reservado, lo ha puesto aparte, lo ha “santificado” a los ojos de otros pueblos, y se muestra en consecuencia exigente con él. “Sed santos, porque yo, el Señor, soy santo” (Lv 11, 44, 45, 19, 2, 20, 7-8, 26). Dios hace lo mismo con respecto a un individuo del que ha hecho su “ungido”. Desde entonces, se ha establecido una alianza entre Yahvé y el elegido y consagrado por Dios: pero a título de tal, debe mantenerse en estado de pureza, y sólo se beneficia del favor divino si permanece recto y puro. (2 Sam 22, 19-22, 25). Si el elegido se vuelve culpable de alguna falta, es directamente contra Yahvé contra quien ha pecado. Es a él a quien implora perdón y de quien espera ser purificado, ser puesto de nuevo en estado de santidad. Se trata de faltas morales, y que conlleva la confesión de las mismas, como lo vemos en el salmo 50, compuesto por David después de sus relaciones adúlteras con Betsabé (2Sam 12, 1-25, Salmo 50) 

EL HOMBRE CONSAGRADO

Se ve que existe un lazo muy especial entre el hombre y Dios. El hombre ha sido consagrado por Dios y como penetrado del espíritu divino. A cambio, está ligado a su servicio, y debe mantenerse en una condición de pureza que le hace asemejarse al Dios puro.

Le es imposible volver a establecerse por sí mismo en un estado de pureza. El enfermo es incapaz de curarse. Es necesario que la curación venga del único que, al principio, había santificado al elegido. Todo lo que puede ofrecer el pecador “es un corazón contrito y humillado (salmo 50, 19).

DIOS MISMO QUITA LA INIQUIDAD

  1. Isaías, en su visión del Señor sentado en su trono, rodeado de Serafines que cantan “Santo, Santo, santo es el Señor de los ejércitos”, Isaías sabe también que es impur

“¡Desgraciado de mí! ¡Estoy perdido! Pues soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo con labios impuros” Pero uno de los Serafines, tomando del altar un carbón ardiente, toca sus labios y dice:

“Mira, esto ha tocado tus labios;
tu iniquidad está quitada y tu pecado expiado” (Is 6,7)

De esta manera, Dios es el Santo por excelencia, el que santifica.

  1. Con Jeremías, que lo ha elegido incluso desde antes de nacer, lo elige y lo consagra (Jr 1,5), después cuando llama al profeta para su misión, o cuando, habiendo el elegido incurrido en falta, de nuevo purifica su corazón.

Así, ya sea el pueblo de Israel fue puesto aparte, “santificado por Dios”, lo mismo que ciertos hombres, fueron objeto de la elección particular de Dios, pueden ser llamados santos de Dios.

  1. Moisés en la montaña oye estas palabras de Yahvé: “Ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi pueblo particular entre todos los pueblos… seréis para mí un pueblo de sacerdotes y nación santa”. (Ex 9, 5-6)

Y también (Ex 32, 30): “Hombres santos seréis para mí”.

Igualmente Moisés, hablando a Israel en nombre de Yahvé (Dt 7,6): “Porque tú eres un pueblo consagrado (santo) a Yahveh tu Dios; él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra.”

La expresión “santo de Dios” aparece en, “Sean santos para mí, porque yo soy Santo, yo Yavé, que los he separado de los demás pueblos para que sean míos.” (Lv 20, 26), Lv 21, 6 “Estarán consagrados a su Dios y no profanarán su nombre, pues son ellos los que presentan las ofrendas al Señor, alimento de su Dios; estarán en estado de santidad.”, y otros: Sal 150, 1, sal 105, 16, sal 4,4, sal 67, 36.

POR TANTO, LA SANTIDAD ENTRE LOS JUDÍOS.

  1. No depende siempre, sino sólo al principio de una elección directa y personal de Dios. Es Yahvé, el Santo, el que santifica.
  1. El hombre elegido por Dios, santificado, debe hacerse digno de este honor, no siendo la santidad ya, desde entonces, una simple relación exterior del hombre con la divinidad, sino que proviene de una cualidad inherente a la persona, en la medida que obedece los preceptos rituales (Lv 19, 6, 7) y mantiene la pureza moral (Lv 19,3, 14, 15) 

EL DIOS SANTO Y LOS SANTOS DEL CRISTIANISMO

EN EL NUEVO TESTAMENTO.

LO QUE SE MANTIENE EN EL NT DEL AT

En el NT subsiste la creencia en el Dios único, en el Altísimo. Éste subsiste como el Santo por excelencia.

  • En san Pedro (1 Pe 1, 5), cita a Lv 11, 44: “Sed Santos, como yo soy santo”.
  • En San Juan, (1 jn 2, 20; Ap. 4,8), se cita el trisagio de Isaías 6,3-
  • En Jn 17, 11, Dios es invocado como “Padre Santo” por Jesús (Jn 17. 11).
  • En Lc 1, 49, en el cántico del Magníficat se dice: Santo es su nombre.
  • En Hch 4, 8; 6, 8, el soplo profético es santo del que llena a Pedro y a Esteban como en otro tiempo a sus portavoces en Israel.
  • En Rm 7, 12, santas las manifestaciones de su voluntad: su ley, Su mandamiento (Rm 7, 12; 1 P 2, 21), la alianza que ha hecho con el hombre (Lc 1 72)

LO NOVEDOSO DEL NT

Pero lo novedoso del Nuevo Testamento es que si el pueblo de Israel colectivamente, o tal hombre en particular, puede ser calificado de santo en el AT, incluso puede ser llamado “el santo de Dios”, pero no decir de alguien que su nombre es Santo (Is 57, 15). Atribuir este nombre a alguien es situarlo en el mismo rango que Dios, por lo tanto, es un sacrilegio abominable a los ojos de los judíos.

Jesús en el NT, no solamente es llamado “el santo de Dios” (Mc 1, 24, Lc 4, 34, Jn 6, 69), sino absolutamente” el Santo y el justo” (Hch 3, 14), en otras palabras, se dice que Jesús es Santo y Dios.

Israel había sido corrientemente llamado en la Biblia “el pueblo Santo” (Is 62, 12; Si 49,12; Dn 7,27), “nación santa” (Sb 17,2). Más particularmente, “el resto de Israel”, que debía subsistir a Jerusalén en los tiempos mesiánicos, era designado como “los santos” (Is 4, 3), y esta expresión, “los santos de Dios”, (Tb 8, 15, sal 33, 10): “los santos del Altísimo”, Dn 7, 18, 22) había servido para designar sea el resto sea a la porción de Israel verdaderamente fiel a su Dios.

Ahora bien, ella denota ahora a los cristianos en tanto que pueblo elegido, convocado por medio de una llamada a una vida consagrada, la cual hace de ellos los “santos elegidos” (Col 3, 12), los “santos llamados”.

La unidad de este pueblo no se debe ya al hecho racial: “los santos” son ahora de cualquier raza, no depende ya del origen, no se es ya “santo” de nacimiento, ni por la única razón de que se proviene de los israelitas que poseen la ley: cada uno de los “santos” constituye ahora el objeto de una llamada particular por el mismo Jesús, Hijo de Dios. Entran en la nueva “asamblea” por la misma fe en Jesucristo y el mismo bautismo en la sangre de Jesucristo. Esta comunidad de vocación, de fe y de iniciación los constituye a todos en un mismo pueblo que tiene un derecho único desde ese momento en nombre del pueblo de Dios, del “pueblo santo”. Es la Iglesia que forma el verdadero Israel, y los miembros de la Iglesia son ahora los verdaderos “santos”.

LA SANTIDAD CRISTIANA

El lazo original entre “el Santo” y “los santos” necesita ser puesto en evidencia, pues se vislumbra que aquí reside todo el problema de la santidad cristiana.

En el NT:

  1. Llamar Santos en sentido absoluto, no está ya reservado al único Dios, Jesucristo.
  2. El nombre “Santo”, no es privilegio de una colectividad étnica, de una raza, sino que denota al conjunto de los discípulos de Jesús, a todos aquellos de entre los hombres que, favorecidos por una elección personal, han respondido a ella por un acto de fe y han recibido, en consecuencia, el bautismo.

Entre Jesús y sus fieles se establece una nueva alianza que, sin duda, consuma la antigua, pero también, definitivamente, la reemplaza. Ahora no será santo, más que si cree en Jesús y si es bautizado en Jesús.

Para ser santo en el mundo cristiano se tiene que buscar imitar a Jesús. Se tiene que buscar dar frutos según el Espíritu de Jesucristo, que es el Espíritu Santo que habita en nosotros. El Espíritu esta en oposición con la carne y los frutos de la carne son contrarios a los del Espíritu (Gal 5, 17). Lo que hay de mejor en el hombre no es de orden humano, sino un elemento sobrenatural que renueva y transforma al hombre a imagen de Cristo.

La unión con Cristo puede resumirse en una fórmula: consiste en morir para uno mismo, es decir, para el hombre natural, para el primer Adán, con el propósito de dejar nacer y vivir en nosotros al segundo Adán, el Cristo. Consiste en unirse a la muerte y a la resurrección de Jesucristo.

Dejarse vencer, dejarse llenar por una fuerza sobrenatural, venida de fuera. Sólo por medio de Jesucristo puede venir un bien. Es necesario, por consecuencia pasar por esta muerte y esta vida. “Uno ha muerto por todos, y, en consecuencia, todos han muerto” (2 Cor. 5, 14). “Lo mismo que todos mueren en Adán, así todos vivirán en Cristo” (2Cor 15, 22).

 Unidos a Cristo por el bautismo

Nos unimos a Cristo por el bautismo y a su vez, uniéndose por el bautismo a la muerte de Jesús, el cristiano mata también en sí mismo al hombre carnal, para renacer espiritual (Rom 6, 6; 8, 3).

“Hemos sido sepultados con Él por el bautismo en su muerte, a fin de que, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, igualmente nosotros también marchemos en una vida renovada”. (Rom 6, 4)

Pero, el bautismo queda inoperante si no es acompañado de la vida en el Espíritu: “los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias puesto que vivimos por el Espíritu, marchemos también en el Espíritu” (Gal 5, 24)

El bautismo supone una vida nueva cuyo principio es el Espíritu; esta vida debe en consecuencia manifestarse por actos, por una conducta acorde con el Espíritu. La primera condición para vivir en el Espíritu, es decir, realizar en sí la gracia del bautismo, es creer: “Creer simplemente en Aquel que justifica al impío” (Rm 4, 5).

“Dios permanece en el que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, y él en Dios. Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene: Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. (1 Jn 4, 14-16)

De aquí, que quien permanece en el amor, nos lleva a las últimas consecuencias de esta doctrina. Al amor de Dios por el hombre, el hombre debe responder por medio del amor.

EL AMOR

 El amor del cristiano, no es cualquier amor. Habrá que distinguir entre en amor erótico, y el amor agápico.

El amor erótico puede ser el deseo sexual, el deseo de la patria natal, de gloria. El deseo de poseer a una persona o a una cosa. Este tipo de amor, sólo aparece dos veces en la traducción de los LXX, y no aparece jamás en el Nuevo Testamento. En cambio, el ágape sí aparece reiteradamente.

El amor agápico designa siempre un amor activo y desinteresado, un amor que se traduce en beneficios, que comporta respeto y atención por las personas a la que se ama.

“Dios, prueba su amor por nosotros en que, mientras nosotros éramos todavía pecadores, Cristo ha muerto por nosotros” (Rm 5, 8). Por este sólo acto de la Pasión de Cristo, Dios nos ha dado una prueba de ello. “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las potencias, ni lo presente, ni el porvenir, ni la cumbre ni el abismo, brevemente, ninguna criatura nos podrá separar del amor de Dios, de este amor que ha manifestado en Cristo Jesús Nuestro Señor” (Rm 8, 38-39).

LA NUEVA LEY

A partir de Cristo, toda la Ley se resume en la persona del Hijo de Dios que, habita y vivifica el alma del cristiano, cumplir la Ley, equivale desde entonces a imitar a Cristo, a Vivir de Cristo, en Él y por Él. El cristiano ya no está bajo la Ley, es conducido por el Espíritu (Gal 5,18). Así conducido, produce los frutos del Espíritu, de los que el primero es el amor.

El verdadero amor espiritual, sigue siendo en la práctica, un trabajo, un servicio: esencialmente un servicio respecto a los hermanos. “Por amor haceos esclavos los unos de los otros” (Gal 5, 13). Es sirviendo a los hermanos como el cristiano prueba su amor por Dios.

El himno del amor de san Pablo describe cómo es teste amor (1Cor 13). Además san Pablo nos dice que el amor tiene que ser sin engaño: “Que el amor no sea fingido” (Rm 12, 9). “la ley no constituye ya un privilegio, sólo vale la fe cuando opera el amor” (Gal 5,6)

EL SANTO CRISTIANO

  •  El gran principio del AT permanece invariable: toda santidad viene de Dios.
  • Pero hay a partir de ahora un intermediario, que es Cristo. (1 Cor 1, 30). “A la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en el Cristo Jesús, santos en razón de una llamada como a todos los que, en cualquier lugar que sea, invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, su Señor y el nuestro” (1 Cor 1, 2), o “ A los santos en Cristo Jesús que están en Filipos” (Flp 1.1)
  • Cristo nos ha santificado, es decir, purificado, de una manera radical por el holocausto voluntario que fue su muerte.

“Vosotros mismos, que os habíais vuelto extraños (extraños a Dios), que en vuestros pensamientos, por vuestras obras malas, habíais llegado a ser enemigos, Dios en este día os ha reconciliado por medio del cuerpo carnal de Cristo, gracias a su muerte, para que os presentéis ante Él santos, irreprensibles, irreprochables “ (Col 1, 21-22: Ef. 1,4; 1 Tes 3, 13)

  • Todo cristiano participa en esta santificación radical por la fe y el bautismo, a partir del cual el Cristo, o el Espíritu de Dios habita en él.

(1 Cor 6, 11. 15. 19)

  • Sin embargo, esta vida de santificación impone una vía de vida. Si el “Santo” por excelencia permanece en el alma del bautizado, conviene que el bautizado se desligue de todo lo que le podría manchar, y se ligue a todo lo que le confirmará en la santidad.

La santidad implica necesariamente, no ya solamente un estado de pureza exterior, ni incluso de pureza moral, sino en ejercicio de todas las virtudes activas animadas por el ágape.

LA PUREZA

La presencia mística del “Cristo” obliga a una vida santa; la vida santa obliga a una vida de amor.

Ante todo, la santidad requiere la pureza: “que todos vosotros sepáis mantener el cuerpo en la santidad y la reverencia, y no en la pasión del deseo sensual… Pues Dios no nos ha llamado a la impureza, sino a la santidad,… purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando nuestra santificación en el temor de Dios” (2 Cor 7, 1). 

Si somos miembros de Cristo, si el Espíritu permanece en nosotros, al mancillar el cuerpo de un hermano o nuestro propio cuerpo ultrajamos un miembro de Cristo, un templo del Espíritu. “En cuanto a todo lo que es impúdico, que ni siquiera sea mencionado entre vosotros, como conviene a los santos” (Ef 5, 3). La razón de ello es que nuestro cuerpo pertenece a Dios, “el cuerpo no es para la fornicación, es para el Señor” (1 Cor 6, 13). (Rm 6, 12 14; Rm 6, 19,22) 

Pero, la santidad no se reduce a la pureza. Es más: quiere que el corazón se arrepienta (metanoia), un cambio del alma entera que conduzca a una actitud positiva. (1 Cor 1, 30) (2 Cor 1, 12). Todo en él debe reflejar a Cristo. Toda su conducta debe testimoniar que se ha despojado del hombre viejo y revestido del nuevo Adán. 

  • La santidad que es en consecuencia pureza y actividad virtuosa, a la vez aparece, así como una consecuencia de esta santificación inicial obtenida en el bautismo.

La santidad no es ya sólo consecuencia, es condición de la unión mística, y todo a la vez, lo uno y lo otro: consecuencia en tanto que exige la pureza de la gracia, condición en tanto que exige la pureza para que se consuma la unión con lo Puro.

“Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo.” ( 1 Tes 5, 23). 

La pureza es un don recibido en el bautismo, el cristiano es santo en tanto que es bautizado; por otra parte, la pureza no se obtiene más que al precio de un esfuerzo personal: debemos conservarnos santos para la parusía. 

LA ECONOMÍA DE LA SANTIDAD CRISTIANA

La historia de esta colaboración de Dios y del hombre en el curso de una vida humana constituye el objeto esencial de toda biografía de los santos. 

Toda vida santa se resume en esto: la influencia progresiva en un individuo de lo “santo” sobre lo “no santo”, hasta que no quede ya nada del hombre carnal, sino que todo haya sido santificado, es decir, deificado, conforme a los principios de Dios. Toda vida santa ofrece en consecuencia un espectáculo de una desposesión de sí misma, quiero decir del ser natural, y de una toma de posesión por lo divino.

A partir de un cierto día, lo que se busca ante todo y constantemente es el bien de Dios. En el proceso de la vida del hombre, Dios se ha dado a conocer al hombre por una revelación directa; y el hombre se ha “vuelto” hacia Dios: es la conversión. Lo que caracteriza verdaderamente al santo es que a medida que asciende se persuade más de que es esta obra común en la que Dios trabaja con él, su aportación es cada vez más miserable. Todo lo bueno vuelve a venir de Dios.

El santo, no ve en sí más que podredumbre. Y quizá no tiene otra percepción de sus progresos hacia Dios que el disgusto cada vez más vivo que le inspira su propia persona. Cuanto más seguro está de que no puede nada, más se refugia en Él que lo puede todo.

LA SANTIDAD EN LA IGLESIA

Por otro lado, al hablar de la santidad de la Iglesia, cada vez que se renueva el rito bautismal, la vida divina se derrama toda ella en el pequeño bautizado. Cada vez que se renueva la consagración de la hostia, Dios penetra todo él en el pan. Así, tanto tiempo cuanto haya sacerdotes que cumplan los ritos con la misma intención que la del que la fundó, habrá una Iglesia y esta Iglesia será santa.

Pero esta santidad no pertenece a la Iglesia más que colectivamente. Ella la administra y permanece independientemente de un mal sacerdote, ya que, a pesar de eso, la gracia se trasmite si cumple los ritos según la fe común.

Todo cristiano puede entender la voz divina, pero le es posible no responderla o detener, algún día, el viaje. De suerte que el grado de santidad en la Iglesia depende en cada período de esta infinidad de respuestas individuales y elecciones particulares. Sin embargo, el Espíritu jamás abandona a los cristianos. El Espíritu se ofrece siempre al que quiere colaborar. Pero depende de cada hombre la voluntad de colaborar.

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