Queridos hermanos:

El calendario litúrgico intenta reproducir en sus celebraciones lo que fue el itinerario de la vida de Cristo. O dicho de otro modo, los acontecimientos históricos vividos por Jesús se vuelven sacramento y celebración en la liturgia y, de esta manera, es como si volvieran a ocurrir con la misma intensidad y con el mismo derramamiento de gracia, pero esta vez teniéndonos a nosotros como testigos y partícipes de esos sucesos. Precisamente, la fiesta de hoy es un buen ejemplo para explicar lo que acabo de decir.

Con la fiesta del Bautismo del Señor culmina el tiempo de Navidad y comienza el tiempo litúrgico conocido como Tiempo Ordinario. Durante tiempo de Navidad hemos celebrado y meditado el nacimiento de Jesús y algunos detalles de su infancia; en el Tiempo Ordinario se celebra y se reflexiona en torno a la vida adulta de Jesús, es decir, a su vida pública, ese tiempo de su vida en que realizó su ministerio evangelizador. Por tanto, esta solemnidad se encuentra en medio de ambos tiempos: el tiempo litúrgico de la infancia de Jesús y el tiempo litúrgico de su adultez. Litúrgicamente, pues, la celebración del Bautismo de Jesús es el punto de división ambos momentos del año.

Esto que celebramos en la liturgia corresponde exactamente con lo que sucedió históricamente con Jesús. Después de su infancia, Jesús llevó una vida normal, equiparable a la de cualquier judío joven de su tiempo. Quizá sus días se basaban en el trabajo, la vida familiar con sus padres y la oración a Yavé tal como lo estipulaban los ritos judíos. A todo este tiempo, del que no conocemos muchos detalles, se le conoce como “la vida oculta de Jesús”. Pero todo cambió después de que Jesús, ya de adulto, se encontró con Juan el Bautista. Este encuentro fue para Jesús el comienzo de una nueva etapa en su vida. De hecho, una vez que se encontró con el Bautista, su vida dio un giro tan grande que Jesús ya no volvió a su casa, ni se despidió de sus familiares, sino que, según lo que nos cuentan los evangelios, se fue al desierto a una especie de retiro espiritual, y de allí comenzó su vida pública e itinerante que terminó con su muerte en la cruz. El deseo interno de Jesús de comenzar un tiempo nuevo en su vida, dedicado exclusivamente a realizar el plan de Dios en la tierra, lo expresó con un gesto externo y público: su “bautizo” en el Jordán. Al sumergirse en sus aguas, Jesús expresaba que su vida oculta terminaba; y al levantarse de ellas, nos dio a entender que surgía un tiempo nuevo. Por tanto, también históricamente el “bautismo” de Jesús marcó un antes y un después en su vida.

Hay un detalle interesante en las lecturas bíblicas de esta fiesta litúrgica: todas enfatizan la acción del Espíritu Santo en la vida de Jesús. Es como si la liturgia nos quisiera explicar que todo lo que Jesús hizo en su vida pública, esa vida que se inauguró con su bautismo, estuvo guiado por el Espíritu. Se podría decir, entonces, que la vida pública de Jesús fue una vida espiritual, en el sentido de que cada acción, cada palabra, cada gesto, y hasta su muerte en la cruz, fue orientado, inspirado, animado por Dios. Y de este gran detalle podemos sacar una enseñanza para nosotros hoy.

Hermanos: las fiestas de Navidad que concluimos nos han servido de preparación para lo que se nos viene. Vamos dejando atrás las celebraciones, los feriados, las vacaciones, y nos adentramos a nuestra vida cotidiana, nuestra vida pública, nuestros ministerios. Para nosotros, esta celebración del Bautismo del Señor también debe ser un antes y un después. La idea es que “nuestro después” sea igual al de Jesús: dedicado a proclamar el Reino de Dios, a realizar su plan de salvación para el mundo con cada gesto y cada palabra de nuestra vida ordinaria. Como a partir de ahora vamos a meditar los sucesos de la vida pública de Jesús, se nos invita a ir añadiendo a nuestra vida el estilo de Jesús, sus gestos, su manera de pensar y hablar; a la vez que nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios. Nuestra vida cotidiana también tiene que ser una vida espiritual, en la que el protagonista sea Espíritu Santo. Que el Tiempo Ordinario que comenzamos, que celebra el ministerio público de Jesús, inspire nuestra vida cotidiana para que sea tan espiritual como la de Jesús. Solo de esta manera, la vida histórica de Jesús, que se celebra y se revive en la liturgia, volverá a hacerse historia en nuestra época, con nosotros y en nuestra vida.

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