ESCUCHEMOS A DIOS QUE VIENE CON AUTORIDAD

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

 

¿Sabes Jesús? Muchas veces nos hablas y no te hacemos caso, insistes en permanecer siempre al lado de nosotros, pero no queremos verte, nos corriges con amor y nos gana la soberbia de no querer cambiar, vienes a través de tus profetas y no hacemos lo que nos pides, nos preocupamos de tantas cosas innecesarias, por eso es que a veces nuestra vida no tiene sentido; nos hablas en cada misa, en cada sacramento, en tu palabra, en cada obra de amor y no te escuchamos. Ayúdanos a escuchar tu voz, a saber que siempre eres tú quien se dirige a nosotros para cambiar nuestra vida.

Cuán importante es saber escuchar a Dios. El que escucha a Dios es porque guarda paz en su alma, esa paz que viene del Espíritu. El que escucha es porque no guarda violencia en su corazón. El libro del Deuteronomio (18,15-20) nos pone a Moisés dirigiéndose a su pueblo para que pueda escuchar la voz del profeta: “El Señor tu Dios hará surgir un profeta como yo, de entre los tuyos, de entre tus hermanos. A él lo escucharán. Es lo que pediste al Señor tu Dios en Horeb”. Recordamos que el profeta es una persona elegida por Dios, para hablar buenas nuevas (hablar de parte de Dios), denunciar lo que va en contra del plan de Dios y reavivar la esperanza (proponer un camino de perseverancia en la fe).

“Afuera”, allá “en el mundo” hay mucho ruido. Mucha gente vive apresurada, preocupada, dolida por la “pandemia” o “plandemia”, impotente por no encontrar esperanza, se quiere llegar tan rápido al destino deseado, queremos ver resultados siempre lo más rápido posible, se envía mensajes a cualquier parte del mundo en milésimas de segundos, cada día se crean nuevas cosas, mucha música a alto volumen, intentamos llenarnos de cosas, y con todo esto ¿estaremos dispuestos para escuchar siempre a Dios?

¿Qué pasa cuando no escuchamos a Dios o hacemos cosas que no son santas o no son queridas por Dios? En palabras del Deuteronomio: “ese profeta morirá”. Hoy más que nunca necesitamos escuchar con mucha atención la voz de Dios: en las circunstancias de incredulidad que vivimos, de crisis de fe, de confusión doctrinal, de división, de caos, de miedo enquistado en todos los niveles, habla, en mucha gente que grita un mundo más justo y que se le trate mejor, en cada recomendación para mejorar en la salud, etc.

Por eso es que debe resonar siempre el llamado de San Pablo: “Quiero que estén libre de preocupaciones” (1Cor.7,32-35). Al dirigirse así San Pablo, lo hace con una preocupación: “inducirlos a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones”. Las preocupaciones se las pongo a los pies de Jesús, Él hará que mis lágrimas sean un signo de consuelo, de esperanza y de salvación; etc.

En el evangelio aparece Jesús con mucha autoridad, tanto así que sus paisanos se sorprenden: “se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad” (Mc.1,21-28). Los espíritus inmundos, según el evangelio de hoy, reconocen quién es Dios; y los que no tienen esos espíritus también. Cuando Dios pasa por la vida de cada uno, siempre habrá gente que lo acepte porque quiere vivir en la luz, y habrá gente que lo rechace porque quiere vivir en las tinieblas. Jesús quiere ingresar en nuestra vida. ¿Dejaremos que entre en nuestra vida?

¿Reconozco que Dios tiene autoridad? ¿Él siempre gobierna mi vida? ¿Él es la autoridad de las autoridades? ¿Él siempre es la única autoridad en la Iglesia y en el mundo? ¿Quién manda en nuestra vida: el diablo o Dios?

Animémonos a escuchar siempre a Dios que viene con autoridad para servir, para salvar, para llenar este mundo de esperanza y consuelo. No cerremos nuestros oídos a Dios que nos habla cada día.

Con m bendición.

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