TU PALABRA ME DA VIDA, CONFÍO EN TI, SEÑOR

¿Sabes Jesús? Tú te nos das como la Palabra hecha carne para habitar entre nosotros, pero no queremos reconocer que eres tan cercano, que puedes llenar nuestra vida de sentido, por eso perdónanos, Señor. Sabemos que tu palabra tiene poder, porque nos dices que llega hasta lo más profundo de nuestro ser como “espada de doble filo”, pero tampoco queremos reconocerlo, perdónanos, Señor. Sabemos que tu palabra tiene poder para sanar, consolar y liberar, pero no creemos en esta verdad de fe, y por eso que la cuestionamos, perdónanos, Señor. Sabemos que tu palabra tiene poder para salvar, para corregir, para convertir y para dar a conocer tu amor, pero no creemos también en esta verdad de fe, perdónanos, Señor. Cuestionamos toda tu palabra sin sustento, y pensamos que no es inspirada por ti, que tú no actúas en esa palabra, perdónanos Señor.

Esdras, el escriba del AT promueve la lectura devota de la Palabra de Dios (libro de la ley) en toda la asamblea: “Toda la gente seguía con atención la lectura de la ley…Abrió el libro a la vista de todo el pueblo, y cuando lo abrió toda la gente se puso de pie” (Neh.8,2-4ª.5-6.8-10). Cuánta devoción al “Libro de la Ley”, cuánta fe en ella. Incluso toda la asamblea que estaba con Esdras, al reconocer que esa era la Palabra que salía de la boca del Señor, contestaron: “Amén, amén”.

Nosotros, cada vez que proclamamos la palabra de Dios en: las celebraciones litúrgicas (en las misas y celebraciones de la palabra en ausencia del sacerdote), en una jornada o retiro, en una charla, en casa, en el trabajo, solemos decir: “Palabra de Dios”, y contestamos: “te alabamos Señor”. ¿Realmente reconocemos que lo que se lee no es cualquier palabra? ¿Por qué tanto cuestionamiento, sin sustento, a la palabra de Dios? ¿Pensamos que esa palabra no puede hacer vida en nosotros y en los demás? La primera lectura de hoy, dice que los que estaban en aquella asamblea: “se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra”.

Jesús, en el evangelio de hoy (Lc.1,1-4; 4,14-21), presenta su misión pública en la sinagoga de Nazaret, proclamando su palabra, desde un ambiente litúrgico: ”entró en la sinagoga, se puso de pie para hacer la lectura, le entregan el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje: El Espíritu del Señor, está sobre mí…Me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres”. Para anunciar buenas nuevas, se necesita: ser ungido por el Espíritu, una persona de fe, que viva la comunión con la Iglesia, que viva coherentemente lo que proclama, que anime a otros a vivirla – proclamarla – celebrarla, etc.

El evangelio de hoy termina con una promesa de salvación que sale de labios de Jesús: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír”. Ese HOY que resalta Lucas es especial ya que ratifica aquello que ya sabemos: que la palabra de Dios tiene poder, que no puede haber persona alguna que al anunciársele esa palabra quede en el mismo estado de siempre, que la palabra de Dios provoca unidad en la Iglesia y en toda familia que se abre a ella (según San Pablo hoy dirá: “todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos son un solo cuerpo”, 1Cor.12,12-30).

Ojalá que, a manera de compromiso misionero, y que sea como campana que resuena en nuestros oídos aquella promesa que sale de labios de San Pablo: “Hay de mí no anuncio el evangelio” (1Cor.9,16).

Hagamos, de un canto conocido en la Iglesia, nuestra oración: “Tu palabra me da vida, confío en Ti, Señor. Tu palabra es eterna, en ella esperaré”.

Con mi bendición.

Leave Comment