LA MISERICORDIA DEL SEÑOR CADA DÍA CANTARÉ

¡Cuán grande es la misericordia del Señor! Este domingo compartiremos unos textos extraordinarios que revelan el mayor atributo divino, mejor aún, la identidad de nuestro Dios, su misericordia. Israel, en esta página del éxodo que escucharemos, recibe una sanción drástica de parte de Dios pues ha faltado gravemente al pacto hecho en el Sinaí. Aquella generación decidió forjar una imagen del Dios que los había liberado de Egipto, pues consideraban que aquel Dios del que hablaba Moisés les era inalcanzable. Ante la decisión “divina” de desaparecerlos de la faz de la tierra, Moisés intercede por este terco pueblo apelando a la promesa que el mismo Dios había hecho a los patriarcas, y es que, en verdad, estaba en juego la credibilidad de Dios. El Señor no puede faltar a su juramento, y es aquí donde sale a relucir su misericordia, pues Israel no merece perdón, pero Dios se lo da. Dios es fiel a su promesa, no puede contradecirse, no puede actuar como actuaría el ser humano. Dios es Dios y su misericordia le precede; el ser humano es finito y puede fallar, pero Dios no desmayará en ofrecer su perdón. No deja de llamar la atención la intercesión de Moisés por Israel.

Con respecto a la segunda lectura, los estudiosos bíblicos nos han podido ayudar a confirmar que las llamadas cartas pastorales (1 y 2Tim y Tito) son cartas escritas por discípulos de Pablo, en un tiempo ya posterior, casi inicios del s. II, y buscaron mantener viva la tradición paulina pero adaptada a un nuevo tiempo y contexto, exaltando sobremanera la figura del apóstol de los gentiles. Así, queda muy bien presentada la ejemplificación de Pablo como modelo de converso, aquel que recibió la misericordia de Dios en la acción salvífica de Jesucristo, y él con mayor razón, por su pasado de perseguidor.

Finalmente, escucharemos una sección de parábolas en el evangelio de Lucas que confirma la necesidad de que la comunidad aprenda a alegrarse con Dios que sale en busca del que está perdido y lo devuelve a sus hermanos. Son aquellos que se sienten justos y santos ante Dios los que deben ser capaces de abrir sus brazos como los del Padre para acoger al hermano desorientado. Y esta alegría debería ser mayor puesto que no solo miramos a Dios como Padre misericordioso, sino que debemos mirar al prójimo como nuestro hermano. Está claro, que no podríamos vernos jamás como hermanos si nos presentamos ante Dios como simples “servidores”. Estamos llamados a ser hijos y en la medida que aprendamos a compartir la alegría de la conversión del hermano, podremos relacionarnos mucho mejor como hijos de un mismo Padre, y un Padre misericordioso.

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