CREER Y ESPERAR EL DON DE DIOS

Hay protestas y protestas. Generalmente protestamos cuando se nos quita un derecho asumido, pero, ¿qué pasa cuando se te ha pedido confiar en un don que se te está entregando sin más? ¿Tienes el derecho de protestar? Somos desesperados, no nos permitimos valorar lo que se nos regala. Allí tenemos a los impacientes israelitas que al ver los prodigios del éxodo no confían de que después de ese itinerario por el desierto verán una tierra “que mana leche y miel”. Ante la queja, Dios les da de comer carne; ante las murmuraciones Dios les da pan caído del cielo: “maná”. ¡Qué forma de educar la de Dios! Quizá muchos de nosotros no actuaríamos de este modo. Igual pasa con Jesús en el evangelio, pues aquella multitud no sigue a Jesús porque lo reconocen como el Enviado del Padre, sino como aquel que puede saciarles del hambre cotidiano, y se da tiempo para hablarles y revelarles el significado del signo realizado. Y allí aparecen los quejosos, que exigen signos para confirmar que Dios está con aquel hombre que va sanando, que comunica la Palabra de Dios, que irradia la compasión de Dios por donde va. La evocación al pasado es determinante: “nuestros padres comieron del maná”. ¿Acaso un Dios tan providente le bastará ofrecerles un pan soso para saciar el hambre material? ¿No puede Dios enviar a su Hijo como pan para que creyendo en Él accedan a la vida perdurable? Dios es extremadamente dadivoso. No se guarda nada para sí. Claro que fue Dios el que les dio pan del cielo, pero no se conformó con el maná sino con el verdadero Pan del cielo, Jesucristo, su Hijo. Allí, creo que está el problema, todavía no lo hemos asumido como algo nuestro y por eso no nos crea conflicto el no participar a veces de la eucaristía, porque es un don. Pero a pesar de ello, seguimos quejándonos, seguimos murmurando, seguimos desconfiando de Dios. En la exhortación epistolar a los efesios, se recalca que, aquellos cristianos cambiaron sus hábitos paganos para aceptar el nuevo estilo de vida que les proponía el confesar la fe en Jesús. Fueron revestidos y renovados por la fuerza del Espíritu y han alcanzado una nueva dimensión de ver la vida: no son solo criaturas sino justos y santos. Claro que habrá momentos en donde se tendrá que protestar, pero ante los dones que recibimos se nos pide creer y esperar. Si Dios estuviera lejos, bueno, pero estando tan cerca…”Busca a Dios mientras se deja encontrar”. Jesús es el Pan de vida, cree en Él, confía en Él, espera en Él, y tendrás la verdadera vida, la de la justicia y la santidad. No te quedes solo en confesar la verdad del misterio eucarístico, hazlo tuyo, comprende que es el mayor don de Dios dado a los hombres. Te toca dar una respuesta de fe.

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