Reflexión sobre la corrupción a propósito del relato de Noé

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CORRUPCIÓN

A PROPÓSITO DEL RELATO DE NOÉ

P. Mario Yépez Barrientos, CM

El ambiente de corrupción social que estamos viviendo, no solo en nuestro Perú sino en el mundo, viene deteriorando profundamente nuestra convicción de fe, pues nos cuestiona hasta qué punto nos hemos dejado vencer por el terrible flagelo de la incoherencia y la hipocresía. En el marco de nuestra sociedad peruana, donde decimos ser un país mayoritariamente católico, la tendencia apunta a considerar que es mejor ser el malo y el corrupto, ya que estos viven mejor, que aquel que se esfuerza a diario por salir adelante y no tiene cómo defenderse ante las injusticias. Para asombro de muchos, aunque se sigue temiendo a los ladrones de la calle que pueden incluso arrebatarte tus cosas en un instante ahora se teme más a los que “se visten de saco y corbata” y hacen un daño permanente y “legal”, porque han encontrado la manera de vivir holgadamente a costa de los demás, de los pobres, y encima irradian una hipocresía tan descarada que indigna terriblemente.

Se constata una realidad: la maldad en el ser humano; pero cuando la queremos contrastar con nuestra lectura de fe acerca de la creación nos encontramos con esta afirmación: “todo lo hizo muy bien” (Gn 1,31). ¿Qué pasó? Pues, algo le ha pasado al corazón del hombre, se ha corrompido de sobremanera y le resulta más fácil obrar pecaminosamente que hacer lo correcto, seguir el mal ejemplo que mantenerse en sus propias convicciones. Los autores de la Biblia no dejaron de reflexionar sobre esto, y así la gran pregunta por el mal no solo es parte de los llamados relatos de los orígenes (Gn 1-11), sino que está presente en los diferentes escritos de la Biblia, lo que nos habla de una sugerente evolución de pensamiento al respecto. Así pues, de considerar que todo está en las manos de Dios, incluso las desgracias (“por algo será”; Lam 3,38; Eclo 11,57), pasando por la iniciativa de los seres celestiales que distorsionaron el orden de la creación (Gn 6,1.4) se empieza a cuestionar que esto pueda darse de una forma ajena al hombre, lo que termina volcando toda la atención justamente en “una tendencia de las intenciones del corazón hacia el mal” (Gn 6,5). Se personaliza, de esta forma, el ejercicio de la maldad. Pero, así el ser humano decida elegir entre el bien y el mal, Dios es su Creador y es él quien en su infinita sabiduría ha determinado misteriosamente la permisividad de la maldad. Gracias a los estudios bíblicos sabemos que la producción literaria de los escritos de la Biblia alcanzó un nivel importante de desarrollo en el tiempo posterior del exilio, un tiempo donde la meditación acerca del mal los llevó a discernir que, tal situación vivida, era consecuencia, más bien, de sus propios pecados. Pero tuvieron que vivir una real catástrofe para darse cuenta hasta dónde habían llegado en el mal proceder de su conducta.

Es curioso, porque, aunque estemos en un tiempo donde pulula una especie de indiferencia religiosa, casi siempre se maneja un lenguaje religioso cuando nos vemos acosados por las catástrofes y desgracias, provocadas por el hombre o por la naturaleza. Algunos lo utilizan para canalizar mejor sus mentiras, otros sin temor alguno juran en nombre de Dios cumplir una responsabilidad política o social sabiendo que solo buscan aprovecharse de esa situación. Otros proclaman que los huaycos, huracanes, desbordes de ríos, terremotos, maremotos, son castigos de Dios a una generación incrédula. Por otro lado, ante las injusticias sufridas, deseamos que “Dios sea quien haga justicia”, lo que hablaría de que Dios le devuelva al agresor incluso con mayor fuerza un castigo muchas veces mayor que el realizado. ¿Es de verdad ésta la justicia divina? A esto le sumamos cómo se ha perdido credibilidad en las instituciones y en las personas (también en la Iglesia); todos manejan discursos que supuestamente defienden la “verdad” pero no son más que “verdades” para los intereses particulares de cada cual. Ya nadie parece confiable y lo preocupante es que tampoco nosotros mismos nos consideramos realmente confiables. Se dice que ya no es tiempo de los buenos ni de los justos, estos han desaparecido; es el tiempo de los “avivados”, de los mentirosos, de los “que pueden”. Finalmente, surgen voces fatalistas que promueven una anarquía total, “que termine de una vez todo esto”, “llévatelos Señor de una vez”, “cómo quisiera que arrasen con todos esos corruptos”.

En mi afán de buscar una iluminación bíblica para desentrañar esta realidad que hoy vivimos me fui metiendo poco a poco en uno de los relatos más pintorescos del libro del Génesis: la narración de Noé y el diluvio. Me convenció aún más estudiar detenidamente este relato por el vocabulario que coincide con esta realidad pues aparecen términos como “maldad”, “corromperse”, “arrasar”, “destruir”, “borrar”, aplicados al ser humano y todo ser vivo de la tierra. Pero la pregunta que se abre entonces, sería: ¿puedo ser yo el justo Noé a quien Dios pueda concederme su favor y ayudar a otros a salvarse de la corrupción? O más bien, ¿sería uno de aquellos arrasados por las aguas de la catástrofe universal?

Una primera cuestión que es preciso anotar, es la advertencia de todo buen biblista a quienes desean acercarse a los textos sagrados, para lo cual debe apelar a la sutil manera de ofrecer una orientación convincente de la importancia de un relato (y muchos buenos autores los hacen muy bien) que, aunque no describe cabalmente lo que sucedió, retrata muy bien la realidad humana de todos los tiempos. Así, al acercarnos a este relato bíblico con ropaje mitológico, debemos entender que estamos ante una “representación histórica” de algo que sucedió, sucede y sucederá mientras exista vida en esta tierra. Es obvio, además, que los primeros destinatarios no fuimos nosotros sino la comunidad judía pos exílica, pero como veremos, por ser Palabra de Dios, puede decirnos también mucho hoy. Entonces, no pretendamos preguntar si Noé existió o no, o si el arca fue “realmente” construida o no, porque no son las preguntas que debemos hacerle a este relato bíblico. Si este ha sido escrito y aceptado como una historia inspirada no fue para responder esas preguntas. Tampoco consideremos que tal narración haya sido tan original pues los autores no fueron ajenos a las diversas narraciones míticas (la influencia de los relatos míticos mesopotámicos fue determinante en la elaboración de esta narración bíblica: Epopeya de Gilgamesh y el poema de Atrahasis) donde expresaban los pueblos de pasado la ocurrencia de una catástrofe que asoló la tierra en la “prehistoria” y que dio origen a la actual humanidad. Pero, los redactores finales, interpretando desde la fe, aportaron elementos para una reflexión profunda buscando desmitificar justamente aquel relato, y convertirla en una literatura sagrada capaz de juzgar la realidad del ser humano de todos los tiempos.

Intentemos revisar esta narración y busquemos los puntos de encuentro con la realidad actual, y veamos si podemos obtener elementos de reflexión teológica que nos puedan ayudar a tomar conciencia del gran peligro que estamos atravesando si dejamos que la corrupción termine de dominar totalmente el corazón del hombre.

Solo unas líneas generales para adentrarnos a leer este relato juntos:

  1. No pienses que ya conoces esta larga narración. Puede que tengas un conocimiento mínimo porque te lo contaron o lo leíste sin mayor detenimiento. Ahora, te invito a leer esta narración con más calma y te convencerás que siempre hay elementos nuevos de discernimiento y, más, si nos tocan directamente por la realidad en que vivimos.
  2. Se sabe gracias a los estudios bíblicos que lo que tenemos en estos capítulos del Génesis (6-9) es una composición elaborada por un redactor (o varios) que buscó armonizar de alguna forma probablemente dos versiones distintas (dos nombres de Dios, dos causas del diluvio, dos descripciones de cómo escoger a los animales para entrar al arca, dos tiempos señalados distintos para el diluvio, dos maneras distintas de describir de qué se trata el diluvio) a partir de una epopeya recogida de los mitos mesopotámicos, quizá aprendidos mientras estaban exiliados en Babilonia (s. VI a.C.), y que luego a partir de la reflexión de fe de esa terrible experiencia, la propusieron como parte de los “relatos de los orígenes” (Gn 1-11). Hoy en día es muy difícil delimitar específicamente cada uno de las narraciones en su partida original, e incluso faltan otros elementos que ayudarían a confirmar que esto fue así (vacíos que nos hablan que los dos relatos no están completos), así que nos dedicaremos más bien a descubrir el mensaje desde la propuesta del último redactor, aunque no desecharemos algunas cuestiones que se pueden desentrañar de ambas probables tradiciones (Sacerdotal y la llamada Yavhista).
  3. Poner atención a los detalles que apoyan una lectura de fe más que el interés de confirmar si realmente sucedió o no este acontecimiento tan descomunal considerando que esta “historia base” no es patrimonio de la Biblia sino de muchos pueblos que describen un cataclismo universal, aunque su interés se centre luego en su propia historia particular.

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