Hermanos:

El Papa Francisco en su exhortación apostólica llamada Amoris laetitia, dijo lo siguiente: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”. Luego, el Papa Francisco añade a este párrafo su propia conclusión: “Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente” (Amoris laetitia 11). Tomando en cuenta esta cita, en este día dedicado a la Santísima Trinidad, les invito a reflexionar sobre el misterio central de nuestra fe a la luz de lo que nos dice el Papa Francisco sobre la relación entre Dios y la familia.

La Santísima Trinidad es, ciertamente, el primer dato de fe que tenemos los católicos; es lo que nos distingue. Creemos en un Dios que es Uno y que a la vez es una familia de tres personas: un Padre, un Hijo, y el amor que los mantiene siempre unidos, el Espíritu Santo. Creemos que existen tres personas en Dios no por capricho, sino porque el mismo Jesús nos ha dicho que Dios es así. El evangelio de este domingo es uno de tantos ejemplos: “Él (el Espíritu Santo) mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes. Todo lo que el Padre tiene, es mío también; por eso dije que el Espíritu recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes” (Jn 16,14-15). Aquí Jesús habla que en Dios hay un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo.

Así es, nuestro Dios es una familia. Está el Padre Dios, la cabeza de la familia, el creador, el que implementó, por así decir, el plan de salvación del hombre, el que es y da amor. Y si hay un Padre, habrá también un Hijo. El Hijo es la Segunda Persona de la Trinidad, el segundo miembro de la familia, el que recibe el amor del Padre y se lo retribuye, que también es Dios al igual que él, que incluso existió junto con él desde siempre. El Hijo obediente, cumpliendo con el plan de salvación creado por su Padre, se hizo hombre, vivió entre nosotros, nos habló del amor que el Padre le tiene y nos tiene, nos enseñó el camino para llegar a Él, murió y resucitó. Nosotros lo conocemos como Jesucristo. El tercer miembro de la familia es precisamente el que le da la consistencia de familia, el que mantiene muy unidos al Padre y al Hijo, el que les hace ser Uno, el que permite que los dos estén siempre juntos actuando en todo. Me refiero al amor, que Jesús bautizó con el nombre del Espíritu Santo. Esto es Dios, una familia formada por uno que ama, otro que es amado y el mismo amor.

Volvamos ahora a lo que nos dice el Papa Francisco: nuestras familias, las que formamos nosotros con nuestros papás y mamás, con nuestros hijos y hermanos y todos los demás que caigan por allí, incluso hasta la misma familia que llamamos Iglesia, están llamadas a reflejar en vida su interior (entre sus miembros) y en su vida exterior (hacia las demás familias), la misma unidad y la misma comunión que hay en Dios Trinidad. Así como el amor, en la familia de Dios, les hace ser una unidad, un solo cuerpo, un solo Dios, así también cada familia, por el amor, debe luchar por su unidad, su comunión. Si no hay unidad, no puede haber familia. Cuando comienzan los pleitos, los malos entendidos y los odios entre los miembros de la familia, eso es evidencia de que el amor, lo que mantiene unidos a los miembros de las familias, está desapareciendo; y si es así, se está perdiendo el principio constitutivo de la familia. Como sucede en Dios, el amor es básico para formar una familia. Hay que cuidarlo para poder reflejar en nuestra vida la unión que hay Dios. Que el Espíritu Santo, que mantiene la unidad en Dios, mantenga unidas a nuestras familias. Bendiciones.

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