Hermanos:

Desde pequeños aprendimos que la familia es la célula fundamental de la sociedad, porque la sociedad es el conjunto de familias que viven en un mismo territorio, unidas por la cultura, las costumbres, las tradiciones, etc. De la misma manera, en la Iglesia se tiene una especial consideración a las familias, puesto que, como dice un documento del Concilio Vaticano II, “la familia es una Iglesia doméstica”. Esto significa que en el seno de las familias es donde se forjan los futuros cristianos, y es allí también donde se deberían tener las primeras experiencias de fe. No es exagerado, pues, afirmar que las características de una sociedad dependen de las características de las familias, y que el futuro del cristianismo está en manos de aquellos que hoy se están formando en las familias. De aquí surge la preocupación de la Iglesia por cuidar, fomentar, consolidar a las familias cristianas.

La idea central es formar siempre buenas familias para que de ellas surjan buenos ciudadanos y buenos cristianos. Pero no es fácil formar familias cristianas. Hoy, esta tarea de consolidar las familias según los valores del evangelio está resultando difícil porque cada vez existen más ideologías que atentan contra los fundamentos básicos de la familia: el amor conyugal, la unidad de sus miembros, la fidelidad, etc. Quizá, en el intento de formar familias cristianas que aporten a la sociedad y a la Iglesia, en contra de estas nuevas formas de pensamiento, sería bueno volver la mirada al modelo de familia que tenemos en la familia de Nazaret. Siempre, para evitar la dispersión y la desnaturalización de un proyecto, ayuda mucho volver a los comienzos. Y en los comienzos de la historia cristiana, marcando el rumbo de cómo debe ser una buena familia, está José, María y Jesús.

La Sagrada Familia será siempre un ejemplo de familia. En esta comunidad todos los roles estaban definidos, y cada cual los aceptaba y ejercía con responsabilidad y con humildad. En la familia de Nazaret no había machismo, ni feminismo, ni autoritarismo, ni desobediencia. Lo que había era amor puro, ese amor que combina reverencia, admiración, respeto por el otro. Cada miembro de la Sagrada Familia puede ser modelo de paternidad, maternidad y filiación. Pensemos en José, por ejemplo. Él era la cabeza de la familia, el protector, el que aportaba con su trabajo lo necesario para su sostenimiento. Además, era José el que le daba a la familia el toque religioso. En efecto, según las costumbres de la época, el papá enseñaba las oraciones y trasmitía la fe en Dios a los hijos. No debe sorprendernos que años después, cuando Jesús fue adulto, tuviese tanto aprecio por el trabajo humano y fuese un fiel asiduo a los ritos en las sinagogas. Por otro lado, José es ejemplo de esposo: según lo que nos enseña la Iglesia, José siempre respetó a su esposa, le dio su lugar, secundó sus decisiones y la amó hasta el último día de su vida.

María, por su parte, también puede ser modelo de mamá y esposa. Ella probablemente se ocupó de los quehaceres del hogar, siempre con mucha dignidad, según la costumbre de la época. Su manera de amar a su esposo y a su hijo fue el servicio, el cuidado, la atención. Además, una vez que José murió, fue ella la que se encargó de la formación humana y espiritual de Jesús. Y sabemos, por lo que nos cuentan los evangelios, que María tenía una gama de virtudes. Quizá de allí Jesús aprendió sobre la humildad, el servicio, la mortificación. Quizá de María asumió el amor por los pobres y sencillos, y esa sensibilidad al momento de relacionarse con Dios. Y de Jesús también podemos decir que fue un buen hijo. Como todo hijo, su rol estuvo marcado por la obediencia. Aun siendo Dios, se sometió a la autoridad de José y María, y los escuchó y se dejó formar.

Como vemos, metiéndonos en cómo cada miembro de la Sagrada Familia ejerció su rol, podemos sacar enseñanzas fuertes en el intento de formar familias cristianas. Es cierto que hoy los roles de los miembros de las familias no son los mismos, sin embargo, la manera como ellos ejercieron los suyos sigue siendo algo digno de imitar. Tal como ellos lo hicieron, no se trata de que cada miembro de familia intente ser más que el otro, atropelle al otro, denigre al otro; se trata de que cada uno cumpla el rol que le corresponde, y lo cumpla bien, sabiendo que con ello está formando una mejor sociedad y una mejor Iglesia. Si queremos luchar contra esas ideologías que hoy atacan a las familias, debemos preocuparnos porque cada miembro de nuestras familias asuma su rol, como José, María y Jesús; con respeto, obediencia y amor. Quizá logremos que los productos de nuestras familias se parezcan a aquel que José y María donaron al mundo.

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