Este domingo segundo de Adviento, el evangelio inicia señalando un tiempo en la historia, por eso el evangelista se toma la molestia de marcar este tiempo recordando a los que en ese entonces gobernaban tanto el imperio romano, como la gobernación de Judea, y los virreinatos de Galilea, Iturea, Traconítide y Abilene. Y como si estos datos no fueran suficientes para determinar este tiempo en la historia recurre el evangelista también a recordar quienes eran en ese tiempo los sumos sacerdotes en el templo de Jerusalén: Anás y Caifás.  

Si el evangelista se toma la molestia de señalar el tiempo en la historia debe ser porque es importante hacerlo, importante para la comunidad creyente, para determinar que lo que se va a pasar a narrar son hechos reales verificables y no inventos de la imaginación. 

Lo que quiere hacer conocer el evangelista es que en ese tiempo “fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”. Tres cosas nos enteramos por este párrafo: que Dios dirige su palabra al hombre, esté hombre es Juan, hijo de Zacarías, y este hombre se encuentra en un lugar concreto, el desierto. 

¿Qué fue lo que le dijo Dios a Juan cuando le dirigió su palabra? Podemos deducirlo por lo que Juan empezó a realizar después de este evento. “Comenzó entonces a recorrer la región del Jordán, PREDICANDO UN BAUTISMO DE CONVERSIÓN para el perdón de los pecados. Este bautismo que predica Juan es diferente al bautismo que nosotros recibimos en cuanto el nuestro es un BAUTISMO DE FILIACIÓN, es decir es un bautismo por el que somos adoptados por Dios como sus hijos e hijas en Jesucristo su Hijo unigénito. 

Para expresar como era esta predicación y que es lo que anunciaba, el evangelista recuerda palabras del profeta Isaías “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo áspero se iguale…” en estas palabras recordadas por el evangelista podemos notar que hay una invitación a preparar un camino al Señor que viene trayendo la salvación, y si se prepara el camino es para que su llegada sea sin dificultad y pronto. La imagen es de un camino parejo, sin obstáculos donde se pueda tropezar, un camino directo, sin necesidad de usar cortes de camino, y todo para que la llegada del Señor sea más pronta y entonces todos puedan ver la salvación de Dios. 

Ya estamos en el segundo domingo de ADVIENTO, tiempo en que la Iglesia, y nosotros con ella, apuramos la venida del Señor para que llegue “con gran poder y gloria” y entonces ha llegado el momento de enderezarse y levantar la cabeza porque llega el día de la LIBERACIÓN. 

Cuando apuramos la segunda venida del señor es como decirle Señor apúrate en venir porque ya me quiero morir para irme contigo, ya no quiero estar en este mundo sino en el definitivo contemplando cara a cara a mi Padre creador y gozar para siempre de su presencia.  

Y es que hasta el 16 de diciembre es lo que hace la Iglesia, anhelar la segunda venida del Señor.  

Ya desde el 17 de diciembre seguiremos diciendo junto con toda la iglesia “VEN SEÑOR, NO TARDES, VEN PRONTO SEÑOR” pero este pedido cambia de objetivo ya que le pedimos al señor Jesús, que nazca, pronto, niño en Belén y con su nacimiento veamos todos realizada la promesa de Dios Padre, hecha a través de los profetas, de enviar a uno salve a todos. 

FELIZ TIEMPO DE ADVIENTO, TIEMPO EN QUE ESPERAMOS A AQUEL QUE VIENE A SALVARNOS, A AQUEL QUE VIENE A LLEVARNOS PARA VIVIR DEFINITIVAMENTE EN LA PRESENCIA DE NUESTRO BUEN PADRE DIOS.  

QUE SE ACABE EL TEMOR A LA MUERTE, PORQUE ELLA ES COMO UN CERRAR LOS OJOS POR UN MOMENTO, COMO UN PARPADEO Y LUEGO AL VOLVER A ABRIRLOS ESTAREMOS CONTEMPLANDO A DIOS CARA A CARA PARA SIEMPRE Y CON EL CORAZÓN LLENO DE ALEGRÍA, FELICIDAD QUE NO TENDRÁ FIN.  

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