LO SANTO Y LO PROFANO

Se dice que lo santo pertenece al ámbito de lo divino, y lo profano al terreno de lo humano. Pero desde la fe cristiana, nosotros, seres humanos frágiles y pecadores, estamos llamados a vivir la santidad. ¿No es esto incompatible de principio? Creo que necesitamos purificar lo que por circunstancias históricas ha ido perdiendo su horizonte desde la novedad cristiana. El dato bíblico es comunicación de una revelación y este es un elemento importante para actualizar el mensaje de salvación que nos ha traído Dios por medio de su Hijo. Ya en el AT el ser humano está llamado a una vocación muy alta: “ser santo como Dios es santo” (Lv 19,2). ¡Esto es imposible a primeras! Ahora bien, si lo ponemos como una meta basada en nuestro esfuerzo, claro que resulta ser imposible. Si estamos llamados a ser santos es porque Dios mismo nos capacita y nos da los medios para serlo, por tanto, somos santos porque Dios nos hace santos. El libro del Levítico, en su llamado código de santidad, se aventura a plasmarlo de esta forma: antes de cumplir las normas de santidad debes reconocer que todo depende de la santidad de Dios, su fuente y origen. Así, si alguien debe ser santo, pues debe proceder como Dios lo hace; Dios es misericordia, por tanto, el creyente debe amar y perdonar como Dios. Buscar el bien siempre en tu corazón te alejará del mal deseo de hacer daño al otro y eso te convierte en un santo. Parece fácil enunciarlo así, pero es la tarea de toda nuestra vida. Por eso, la santidad no se circunscribe a un momento en la vida sino al conjunto de decisiones que tomamos en cada momento y circunstancia. Alabamos la grandeza de Dios, sus favores y su misericordia, y con ello confesamos su absoluta santidad. ¿Acaso no se siente bien uno cuando puede ayudar a alguien? ¿Acaso no resulta un alivio dejar la carga del odio y resentimiento contra el que me ha hecho daño? ¡Bendice alma mía al Señor!

El Salmo 102 es un himno de alabanza a la misericordia de Dios, por lo que el salmista recoge las experiencias vividas de quienes experimentaron en sus propias vidas las acciones favorables de Dios. Es una predicación del Dios del perdón hecho canto, confirmando por momentos el contraste de la caducidad del ser humano y la eternidad de Dios. Al final, solo es preciso bendecir al Dios que se ha revelado misericordioso para todas las generaciones, pues, así como actuó en el pasado, se manifestará en el futuro.

Pablo, en la primera parte de su carta a los corintios, donde señalaba el problema de los “grupismos” y el divisionismo, quiere concluir con esta metáfora del santuario de Dios. Quizá dentro de la comunidad se habían dado tendencias que estaban imponiéndose (la de la sabiduría humana quizá preconizada por los seguidores de Apolo), como la de quienes dejaban sin atención la vida corporal pues se pensaba que no tenía nada que ver el cuerpo con el alma que era salvada por Dios. Así una vez más, insiste en acercarse a la sabiduría de Dios que es capaz de “cazar la astucia de los sabios” de este mundo. Si en algo debemos gloriarnos es en todo lo bueno que podemos hacer y esto procede del impulso del Espíritu que está dentro de nosotros. Todo debe remitirse a Dios, en definitiva, y la realidad corpórea no está ajena a la santidad.

Continuamos en el evangelio escuchando a Jesús el nuevo Moisés que está llevando a la plenitud la Ley judía. La “ley del talión”, que recoge también la ley judía, se justificaba de alguna manera pues buscaba controlar los excesos de quienes deseaban hacer justicia con sus propias manos. Aunque tenía una finalidad funcional, la perspectiva de la exigencia evangélica la rebatía ineludiblemente. Una vez más se pide trascender la ley, y aunque podía justificarse una “venganza controlada”, la santidad de vida exigía romper mejor con la cadena de maldad. Quien acepta a Jesús no puede convivir con la maldad en el corazón. Responder con mal al mal es apelar al triunfo del pecado. Es aquí donde se juega la verdad del evangelio. El tema no es solo apelar a lo justo y equitativo sino a lo que haga posible destruir el mal desde la raíz. Tampoco deberíamos conformarnos con amar a los que nos aman, eso es lo común de todos.

Por tanto, como vemos, lo santo viene de Dios, pero debe expresarse en lo profano, en lo cotidiano de la vida. Ser santo no es un premio, es una vocación. La exhortación no es si quieres ser santo como Dios, sino que debes serlo, debes ser íntegro (idea de lo “completo”) como el Padre es íntegro. Manos a la obra, que nadie nace santo; nacemos buenos, pero la santidad es un hacerse día a día.

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