TODO QUEDA EN FAMILIA

 

Una de las primeras tensiones comunitarias en los seguidores de Jesús fue la plena aceptación de los judíos de habla griega en la comunidad cristiana de Jerusalén por parte de los judíos de habla aramea que, al comienzo, eran la mayoría y el núcleo originario reconocido por todos. El autor de los Hechos, cita la excusa de la falta de atención de las viudas de habla griega – quizá fue tan solo uno de los diversos problemas que se suscitaron – para delegar en un grupo de líderes judeo-helenistas el liderazgo de este tipo de comunidades para evitar mayores dificultades. Aunque nos pueda parecer extraño, era una dificultad culturalmente previsible, pero se empieza a superar desde la fe y el sentido común, y la comunidad marcha acrecentando su número. Estos nuevos líderes, cuya misión era “servir” (de allí el posterior nombre de diáconos), son animados por los apóstoles mediante un pequeño rito de delegación (“imposición de manos”) y empiezan a acompañar a sus hermanos de habla griega, sobresaliendo Esteban, hombre lleno del Espíritu Santo, con gran elocuencia y hacedor de signos portentosos, quien se convertirá, siguiendo este libro de Hechos, en el primer mártir de la fe en Cristo, ante la hostilidad de los líderes religiosos judíos.

El texto de este domingo apunta a resaltar que la vida comunitaria no es fácil, pues surgirán, como en el pasado, problemas, pero se debe buscar solucionarlo, porque el objetivo de la Iglesia debe prevalecer por sobre los intereses humanos: el anuncio de la Palabra de Dios, como lo refiere el final de la perícopa.

La proclamación del salmo 32 invita a la alabanza del Dios compasivo y misericordioso, una alabanza con júbilo y tocando nuestros instrumentos, porque, sabiendo que debemos orientar nuestra vida en función de la justicia y el derecho, confiamos en un Dios bueno y solícito que perdona nuestras equivocaciones, ayudándonos a enmendar y a exigirnos no abandonar los valores fundamentales que rigen nuestra vida en convivencia con los hermanos.

Una de las figuras más emblemáticas que la tradición petrina va meditar, manifestada en la primera carta de Pedro, es la “roca”, la cual se aplica directamente a Cristo. Gracias a la Sagrada Escritura podemos ver las diferentes acepciones que fue teniendo este poderoso elemento simbólico. Así, por ejemplo, el salmo 118 cuando habla de la “piedra” describe a Israel, el insignificante pueblo que ha sido elegido por el Señor, convirtiéndose en la “piedra angular” (o “piedra de esquina”, que se convierte en fundamental para las construcciones antiguas pues sostenía dos paredes) en relación a otros pueblos, muchos de ellos grandes imperios alrededor de aquel. Pero ahora, con esta relectura cristiana, aquella “piedra” pasa a ser interpretada como el mismo Cristo, que fue rechazado por las autoridades religiosas y, sin embargo, se ha convertido en la “piedra fundamental”. Y no solo eso, sino que es también “piedra de tropiezo”, dando a conocer el conflicto que suscita la fe en Cristo en un contexto de ofertas paganas que compiten con el cristianismo. Dios ha elegido ahora a la Iglesia, “reino de sacerdotes y nación santa”; que está llamada a anunciar la Buena Nueva, llevando a la luz a los que estaban ensombrecidos por las tinieblas del pecado y de la ignorancia. Por eso, somos “piedras vivas” que formamos un templo espiritual, lo que determina que nuestra motivación está más allá de un orden cultual externo y de una cuestión solamente temporal.

Esta nueva relación con Dios, que nos ha traído Jesús, una relación familiar, es claramente especificada en este discurso de la cena del Señor con sus discípulos que nos narra el evangelio de Juan y que se conoce como “el testamento de Jesús”. A modo de este estilo literario peculiar, Jesús va preparando a sus discípulos y seguidores a mantener viva la esperanza de un reencuentro con Él al culminar su misión. Esta misión se traduce en mostrar el camino para alcanzar la vida en plenitud en una total apertura que solo puede entenderse desde un orden sobrenatural. Para Jesús volver al Padre es el camino necesario para que el creyente, detrás de Él, también pueda acceder a la casa del Padre. Por tanto, no hay otra forma de entrar en relación con el Padre sino es por medio del Hijo, Jesucristo.

Entender esta nueva propuesta de religión, incluso para los cristianos de hoy, resulta complicado de asumir. Creemos en un Dios trascendente, pero no en un Dios lejano y desentendido del ser humano. Creemos en un Dios todopoderoso, pero que es misericordia para con sus hijos ingratos y no merecedores de su amor. Creemos en un Dios que todo lo ve, pero es un Dios “que no lleva las cuentas de los delitos” ni nos aplica sin piedad el castigo. Es mejor dejarnos sorprender por un Dios que no levanta muros de separación, sino que los destruye, como la sabia decisión de abrir el evangelio a los judeo-helenistas pidiendo el apoyo de nuevos líderes en la comunidad, como nos ha contado la primera lectura. Más aún, debemos aprender a confrontarnos con Cristo, la “piedra fundamental”, y que en muchas ocasiones es “piedra de tropiezo”, pues denuncia la soberbia que ostentamos y que nos lleva a despreciar a nuestros hermanos. Hoy como ayer brota el mismo deseo: “¿Muéstranos al Padre y nos basta?”. Y ¿qué hacemos que no seguimos fielmente a Cristo? ¿Acaso no vemos al Padre en Jesús? ¿Acaso no ves en tu hermano la presencia del Señor que te interpela y cuestiona? ¿Acaso no te sientes parte de la familia del Padre que el mismo Jesús te ha hecho partícipe con su sacrificio? ¿Acaso no ves al otro como tu hermano? ¡Vamos, levántate, toca la cítara y alaba junto a Jesús al Padre que es compasivo y misericordioso!

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