UN PASTOR QUE LLAMA, NO QUE ASALTA
Hermanos:
El cuarto domingo de Pascua de cada año es el Domingo del Buen Pastor. Ese día leemos en el Evangelio la hermosa parábola del capítulo 10 de San Juan, en la que Jesús se llama a sí mismo el Pastor de las ovejas. Reflexionemos hoy sobre la primera parte de esta parábola, que corresponde al Evangelio de este domingo, donde Jesús se compara con “la puerta del corral de las ovejas”.
Si leemos el texto desde unos versículos antes, notamos que Jesús pronuncia esta parábola en controversia con los fariseos. De hecho, en el capítulo anterior, discute con ellos a raíz de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9). Es a ellos a quienes dirige la comparación. Comienza diciendo: “El que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otro lado, ese es un ladrón y un salteador. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas” (Jn 10,1-2). Si recordamos el modo de actuar de los fariseos, que solían irrumpir en el corazón y la fe del pueblo con normas y amenazas para imponer sus preceptos religiosos, queda claro que la alusión al ladrón que intenta entrar por un lugar falso se refiere a ellos.
En efecto, la religión y la fe nacen por convencimiento, no por obligación, como pensaban los fariseos. No se puede amar a Dios por decreto ni al prójimo por imposición. Pretender obligar a alguien a cumplir deberes religiosos para considerarlo “bueno o religioso” atenta contra la libertad; es como querer meter a Dios en el corazón de la gente por la fuerza. Dios no entra así. Él no nos fuerza a creer en él. La religión no se impone. Quien actúa de ese modo es como un ladrón y salteador, un asaltante de la fe.
Jesús desenmascara el proceder de sus adversarios y, a la vez, se presenta como modelo. Él no entra por la puerta falsa al corazón de la gente; entra por la puerta real, y así se define como el pastor auténtico de las ovejas. Jesús nunca obligó a nadie a creer en él; más bien invitaba a seguirle, pero cada uno debía decidir. Proponía un proyecto y daba razones para confiar en él: sus discursos, sus milagros, su modo de vivir. Cuando una persona se convencía de que el proyecto de Jesús era verdadero y beneficioso, gracias a las evidencias que él mismo mostraba, y decidía seguirle, entonces Jesús se convertía en su pastor, un pastor que entró en su corazón por donde debía: por el convencimiento, por la razón, por el cariño.
P. Tito Romero, CM



















