En el libro de los Números (21, 4-9) se nos dice que Dios mandó a Moisés hacer una serpiente de bronce y ponerla en lo alto de un madero, para que cuantos la mirasen quedasen sanos (de la picadura de las víboras). Aludiendo al relato, Jesús dice por san Juan (3,14-21) que el Hijo del Hombre debe también ser puesto en alto para que el hombre lo mire (con los ojos de la fe) y quede sano (del pecado) y se salve.

Para Jesús, “ser puesto en alto” significa que ha de ser elevado en la cruz (crucificado), pero también y sobre todo que ha de ser “glorificado” (resucitado, ascendido y sentado a la derecha del Padre). La exaltación de Jesús en la cruz tiene este doble significado, que la Iglesia recoge y celebra en la Fiesta de la Exaltación de la Cruz (el día 14.09). Para Jesús, su muerte en la cruz por nosotros fue la manera de mostrarnos su inmenso amor (Jn 15,13) y de llevar a cabo la entrega por amor que el Padre Dios hizo de su Hijo al mundo (Jn 3,16).

Jesús nos está diciendo que el amor que el Padre Dios nos tiene y tiene al mundo es tan grande que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna…” (Jn 3, 16). Y que su amor al Padre es tan grande que cumplirá su voluntad cueste lo que cueste, y no reparará en dar su vida por nosotros. Jamás podremos comprender el inmenso amor, la inmensa misericordia, que el Padre Dios y Jesús nos tienen. Tan inmensos que Dios y Jesús no juzgan ni condenan a nadie. El juicio y la condena nos los hacemos nosotros, al incluirnos o excluirnos del Proyecto de Dios en Jesucristo.

Es una manera bíblica de hablar la que presenta a Jesús viniendo sobre las nubes con legiones de ángeles, y sentándose, como Rey poderoso, para juzgar a todos los hombres (Mt 26, 64, Mc 13,26, Lc 21,27). Vendrá Jesús, sin duda, y todos seremos juzgados y sancionados (para el cielo o para el infierno), pero no será tal como lo imaginamos. Ese juez acusador y que nos grita la sentencia no condice con el inmenso amor que Dios y Jesús muestran tenernos. “Dios no envió su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo” (Jn 3,17). Es muy a su pesar, que podemos perdernos.

¿Crees de verdad en el amor de Dios? Entonces ni serás juzgado (Jn 3,18). El juicio ya lo hiciste al optar y decidirte por ese amor. ¿No has creído en el amor de Dios? Entonces es tu propia incredulidad la que te condena, por haber rechazado tu única fuente de salvación: Jesucristo.

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