LA VIRGEN NECIA QUE LLEVAMOS DENTRO

Queridos hermanos:

Para comprender mejor el evangelio de este domingo debemos tener en cuenta el contexto en el que Mateo escribió su evangelio. Habían pasado ya varias décadas desde la muerte y resurrección de Jesús. Los primeros cristianos esperaban que el Señor regresara pronto, pero los años transcurrían y aquella segunda venida parecía no llegar nunca. Como suele suceder cuando una espera se prolonga demasiado, algunos comenzaron a cansarse. El entusiasmo inicial fue disminuyendo y muchos terminaron relajando su compromiso con la fe.

Es en este contexto donde debemos comprender la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13). Todas esperaban al esposo, todas llevaban sus lámparas y todas terminaron quedándose dormidas. La diferencia estaba en que cinco habían llevado aceite suficiente, mientras que las otras cinco no estaban preparadas para una espera más larga de lo previsto.

Sería un error leer esta parábola pensando que nosotros somos las vírgenes prudentes y que las necias son aquellos cristianos que viven alejados de Dios. Sería demasiado fácil. El evangelio nos invita, más bien, a descubrir a esa virgen necia que todos llevamos dentro: esa parte de nosotros que se entusiasma con Dios, pero se cansa cuando las cosas no salen como se esperaban; que promete fidelidad, pero se desanima ante las dificultades; que comienza con muchas ganas, pero termina acostumbrándose a una fe cómoda y sin mayores exigencias.

Algo semejante puede suceder en nuestras comunidades. Podemos tener muchas actividades, celebraciones y proyectos pastorales, pero haber perdido aquel entusiasmo que nos llevó a comprometernos con el Señor. Las lámparas siguen encendidas, al menos aparentemente, pero quizá nos estamos quedando sin aceite.

Las lecturas de hoy nos recuerdan que la fe necesita alimentarse constantemente y que la esperanza no puede depender de nuestros entusiasmos pasajeros. Lo importante no es solamente creer en Dios, sino permanecer fieles a Él en toda circunstancia. Es fácil creer cuando todo marcha bien. La verdadera fidelidad se demuestra cuando aparecen las dificultades, cuando nuestras oraciones parecen no tener respuesta o cuando sentimos que Dios tarda demasiado en llegar.

Hermanos, quizá hoy sea una buena ocasión para preguntarnos cuánto aceite queda en nuestras lámparas. No para desanimarnos, sino para despertar a esa virgen necia que llevamos dentro y recordarle que todavía estamos a tiempo de prepararnos. Porque el Señor puede tardar más de lo que esperamos, pero nunca faltará a su promesa. Lo importante es que, cuando llegue, nos encuentre con la lámpara encendida y el corazón dispuesto a recibirlo.

P. Tito Romero, CM.

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