HABLANDO DE TESOROS…

La tradición sapiencial ha querido resaltar la figura de Salomón, el principal rey de la monarquía unificada de Israel, como un hombre dotado de una sabiduría extraordinaria cuya fama traspasó las fronteras de su reino. Fue justamente tomada esta idea, del segundo libro de los Reyes que ha elaborado una narración sobre su reinado en donde intenta subrayar los orígenes de este reconocimiento como rey sabio. Obviamente, siendo una lectura religiosa de la historia, esta sabiduría no ha sido alcanzada por el esfuerzo propio de Salomón, sino que se entiende como un don que ha recibido de parte de Dios. De esta forma, la oración de petición de Salomón se ha convertido en un modelo de súplica de un corazón humilde a Dios, y más aún, debido a la responsabilidad que iba a asumir. Se entiende así, que los reyes en Israel no se convierten en tales por sus cualidades innatas, sino porque Dios los capacita para esta labor tan importante, devolviendo de esta forma el reconocimiento de la verdadera soberanía que debe imperar en Israel, la de Dios.

El salmo 118 es uno de los más largos del salterio que propone una reflexión de la ley manteniendo el estilo sapiencial, dispuesto de modo alfabético y con una armonía y calidad literaria. Sin duda, la reflexión en torno a la Ley ha sido una de las grandes preocupaciones de los judíos, pues en ella pueden constatar la alianza que Dios hizo con su pueblo comprometiéndoles entonces a cumplir el designio divino de Dios para ellos.

Pablo continúa su discernimiento acerca de la superioridad de la fe en Cristo sobre las obras de la Ley. Los cristianos han sido escogidos por Dios para participar de esta fe comunitaria correspondiendo así al plan misterioso de Dios. Por tanto, Pablo entiende la predestinación como el deseo de Dios de manifestar a todos los hombres su salvación por medio del sacrificio de Cristo y no tanto como que ya se sabe quién va a ser salvado y quién no (“predestinacionismo” determinista). Todo, en realidad, brota del Espíritu, que los llama según su propósito predeterminado, de hacerse semejante al Hijo, primogénito entre muchos hermanos, con lo cual, se está de acuerdo con el plan de Dios, pues los predestinó, los llamó, los justificó y los glorificó. Por eso es importante la misión, porque muchísimos hombres y mujeres no son conscientes de esta Buena Nueva, y quienes la han aceptado, deben vivir la fraternidad desde esta fe en Cristo Jesús. Por tanto, al deseo salvífico de Dios, corresponde el llamado que hace a todo ser humano, y la aceptación de esta vocación, los justifica por la ofrenda de la vida del Hijo único de Dios, concediéndoles así la esperanza de una salvación más allá de la muerte.

El autor del evangelio de Mateo concluye esta sección de las parábolas presentando la enseñanza de Jesús en tres parábolas, dos muy parecidas y una que se asemeja a la de la cizaña y el trigo. La parábola del tesoro escondido y la perla de gran valor mantienen algo en común: ambas son halladas y, ante esto, se decide vender todo con tal de adquirirlas para sí. Esto suscita la admiración del auditorio: ¿tanto así? Bueno, ¿qué puede ser algo tan preciado que encontrarse un tesoro y una perla de gran valor? Nosotros nos fijaríamos más en el cálculo a ver si realmente es comparable monetariamente todas las cosas que tengo con la riqueza encontrada, mientras que en la concepción antigua el tema no se mide por la cantidad, sino por la cualidad. En definitiva, si seguimos la sintonía de la propuesta evangélica: si hallaste a Cristo, la palabra que se derrama como la lluvia, como las semillas que se han sembrado en tu corazón; y allí en tu interior la encuentras, pues debes tomar conciencia de que eso es lo más valioso que te ha tocado vivir, y lo demás, pues debería quedar en un segundo plano. Pero parece que esto no ha calado en el corazón de muchos creyentes. Hoy optamos por otras cosas a las que apreciamos más que a Dios y a todo lo que se refiere a él. La última parábola vuelve a hablar, como la del trigo y la cizaña, en lo que sucederá al final. La red recoge toda clase de peces, pero, cuando se llega a la orilla, es tiempo de escoger los peces buenos para apartarlos de los malos. Después no nos quejemos; con tanta negligencia espiritual parecemos de verdad peces muertos. La enseñanza está concluida, pero el autor del evangelio quiere ahondar en un aspecto interesante para su comunidad. Es de acotar que este evangelio estaba dirigido a una comunidad donde la mayoría sería de procedencia judía que había aceptado la fe en Cristo Jesús. Obviamente, no se les exigía abandonar sus costumbres judías y menos el culto al Dios único y verdadero, sin embargo, habían aceptado a Cristo como mediador de salvación. Ahora bien, los judíos a partir del año 70 d.C., empezaron a reorganizarse después de la catástrofe de la destrucción de Jerusalén gracias al fariseísmo rabínico. Esto provocó la repulsa de los judíos hacia los que confesaban la fe en Cristo y generó una incertidumbre en los mismos judeocristianos, a ver si estaban actuando correctamente. El evangelio de Mateo se convirtió en un medio de legitimización y este pasaje lo demuestra subrayando la línea de continuidad con las promesas del pasado. Así, un Maestro de la Ley que ha podido recibir el Reino de Dios en su corazón sabrá sacar de lo antiguo y lo nuevo sus grandes tesoros.

En un contexto de corrupción social donde se precia más el poder y el dinero que el temor de Dios, ¿puedes de verdad considerar a Dios como tu gran tesoro? ¿Cómo lo demuestras? ¡Cuánta falta hace orar hoy con el salmista!: “Yo amo tus mandatos, más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos y detesto el camino de la mentira”.

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