LA FE SIEMPRE DA FRUTOS, DIOS LA HACE GRANDE

Había una vez un niño que era muy despierto, sencillo, de alma pura, preguntón, y que le gustaba mucho la naturaleza. Un día pidió a sus padres que le lleven a pasear a un bosque, ya que quería pasar el día allí. El pedido no se dejó esperar. Mochila en mano, alimentos para la ocasión, ganas, muchas ganas de estar ahí. La motivación estaba dada: “vamos a pasarla juntos”. Así fue. Lejos de la ciudad encontraron una pradera muy grande y hermosa, en medio de esa pradera una capillita un tanto abandonada, de aspecto sencillo. Se les ocurrió entrar. Ahí encontraron: un altar no tan arreglado, unas bancas sin limpiar, una imagen de una virgen que no podían identificar y detrás del altar como muy imponente se dejaba ver un Cristo crucificado, claro está que también le faltaba limpieza. El niño al ver ese Cristo corrió a su encuentro, pudo limpiar algo sus pies llagados y sucios. Cuando terminó de hacerlo escuchó de labios de ese Cristo esta pregunta: “¿por qué haces esto querido amigo?” El niño, con lágrimas en los ojos, contestó: “porque creo en Ti, amigo”.

¿Cómo va tu fe? ¿Seguro que bien? ¿Se nota en tu vida que crees en Dios?

Dios quiere que nuestra fe crezca, que dé frutos. Para ello necesita ser podada, cortada: “Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré…la plantaré en la montaña más alta de Israel para que eche brotes” (Ez.17,22-24). A veces en el diario vivir podemos escuchar frases como: “yo vivo mi fe como me da la gana”, “soy creyente a mi manera”, etc. La raíz y la centralidad de la fe es el mismo Dios. Para el catecismo fe es: “Adhesión personal del hombre a Dios, es el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado” (Nvo.Cat.150). Es bueno dejar que Dios arranque la mala hierba que encuentra en el jardín de nuestra vida. El objetivo, según Ezequiel es que esa fe: “se haga un cedro noble”. Cuánta gente se acercaría más a Dios si nos viera a nosotros más creyentes, mejores creyentes. Hay una motivación de todo esto: “sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hb.11,6).

Esforzarnos por agradar a Dios es todo un reto permanente. Esto es hacer su voluntad. Por este mundo caminamos sin ver a Dios, pero según San Pablo: “guiados por la fe” (1Cor.5,6-10). ¿De verdad soy creyente a mi manera? ¿Qué tal si somos creyentes a la manera de Dios y no a nuestra manera?

Parábolas del Reino de Dios es lo que hoy nos pone San Marcos, en su evangelio, para entender un poco más lo que es la fe, y cómo esta puede dar frutos. Jesús usa parábolas, lenguaje sencillo y de acceso a todos, para entender lo que nos quiere decir. Compara el Reino de Dios a una semilla que se siembra en la tierra, y también a un grano de mostaza (Mc.4,26-34). En ambos casos: está la acción de sembrar, como también de crecer. Es pequeña, pero se vuelve grande porque dejamos que Dios actúe, como buen sembrador y como buen jardinero de esperanza, para que su fruto sea permanente. ¿Dejo a Dios actuar en mi vida o no? ¿Se nota de verdad que soy una persona creyente? ¿Mi fe hace que otras personas se acerquen o no a Dios?

El niño de la historia corrió al encuentro de Jesús, se dejó llevar por el Espíritu de Dios mismo, se dejó tocar por Dios, animó a sus padres para que se acerquen a Dios, se relacionó mejor con Dios mismo. ¿Quieres adoptar esa postura sencilla del niño?

No puedo cerrarme todo el tiempo a Dios. Nuestros padres sembraron la semilla de la fe en nuestro bautismo. ¿Cuántos “jardineros” ha tenido nuestra vida de fe? ¿He dejado a Dios mismo, un perfecto jardinero de esperanza, para que mi fe sea podada y así dé el fruto que se quiere? ¿Por mi fe mucha gente se ha acercado a Dios de verdad?

Hoy necesitamos más hombres y mujeres de fe que le crean a Dios, que se fíen de Dios, que animen a otros a hacerlo, y que esa fe se note en nuestro diario vivir.

La fe siempre da frutos. Dios la hace grande.

Con mi bendición.

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