EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ

Dios elige a los que quiere para determinadas tareas y responsabilidades y así lo entiende Israel que espera siempre la intervención de Dios a su favor en cada etapa de su historia. En torno al exilio, crece la esperanza en un Mesías que los ayudará a regresar y reconstruir su ciudad y su Templo. Cuando Ciro rey de Persia ordenó la vuelta de los exiliados muchos creyeron que éste rey extranjero era el ungido por Dios para restituir su dignidad de pueblo elegido. De esta forma, Israel entendió que Dios no los había desamparado y que su majestad era reverenciada incluso por los pueblos extranjeros que obedecían su designio. El tiempo de la restitución de la justicia ha llegado con su Mesías, e Israel debe corresponder con su fidelidad esta intervención divina. Pablo, en la segunda lectura, se despide de sus hermanos tesalonicenses no sin antes animarles en la alegría y en la constancia de la oración. Sus consejos son muy prácticos, exigiendo que no apaguen la fuerza del Espíritu para así obrar siempre con discernimiento y cuidándose de obra mal. Pablo está convencido que el regalo de la salvación se vive en el presente y exhorta a los tesalonicenses a mantener en santidad hasta la venida del Señor, donde llevará a cabo el cumplimiento de la promesa de la salvación. El evangelio de Juan se inicia con un prólogo muy particular donde se señala en una sección en prosa la intervención de Juan a quien se le designa como “el testigo de la luz”. Más adelante, ya a modo de narración el autor del cuarto evangelio nos narra un diálogo entre los judíos y Juan acerca de su identidad. Las expectativas de la tradición bíblica acerca de los enviados por Dios se indican someramente: Elías, el profeta, el mesías. Juan niega rotundamente toda alusión a ser el Enviado elegido. Su misión es otra, aunque ligado a él. Juan solo bautiza con agua, una ablución que es más un signo que una realidad actual. Juan tiene su rol y la comunidad cristiana intentó afirmar claramente con esto que no era el Mesías, para que justamente sus seguidores acogieran la novedad del evangelio de Jesucristo.

Todos hemos sido ungidos por la gracia del Espíritu Santo el día de nuestro bautismo y fuimos revestidos con la blancura de la pureza y del carácter festivo de una condición extraordinaria. Esto anima a que nuestra vida sea una viva expresión de nuestra dignidad de “hijos de Dios”, dejando actuar al Espíritu en nosotros y apartándonos del mal. Así, tú y yo podemos ser como Juan, testigo de la luz, pues nos preguntarán y nos cuestionarán, y entonces daremos como aquel una respuesta contundente acerca de nuestra convicción de ser discípulos de Jesús, la luz del mundo. Y esta luz poderosa viene a poner orden al desorden de un mundo donde los poderosos pretenden imperar con su orgullo y vanidad, pero llegará el día en que serán destronados y desposeídos de sus riquezas, y en su lugar serán colocados los pobres y los insatisfechos, quienes al contemplar la misericordia de Dios para con ellos, cantarán y alabarán eternamente al Dios de los humildes. A María se le atribuyó este cántico que recitaremos en el salmo responsorial y que no es sino un himno a la misericordia de Dios que obra en favor de sus hijos, los humildes y sencillos, los que saben esperar y acoger al Niño que nace, a la luz que viene a vencer las tinieblas del pecado.

Leave Comment